
Una autodenominada treintañera llamada Samantha y su minicam en mano. 21 días Out of paradise. No, no es el regreso de Sensación de Vivir. Es un jodido programa serio, tíos, comprometido, social, que va hasta los putos bajos fondos si hace falta, ¿vale? Un objetivo: vivenciar durante 21 días situaciones que le parecen más bien escabrosas al equipo de esta periodista: Samantha, sí, chicos, Samantha Villa.
Hasta ahora sólo nos ha regalado dos perlitas –por suerte, la producción del programa se demora en el tiempo debido a las tres semanas de realización–; la primera: 21 días viviendo en la calle y la segunda 21 días sin comer. Periodismo gonzo pero como de charlar en el ascensor. Si Hunter S. Thompson levantara la cabeza, pisoteaba la falsa minicam de esta muchacha y su compañero –recordemos que siempre está acompañada en su falsa soledad de un cámara profesional– y se volvía a la tumba a inyectarse mescalina.
Resultado de la premisa de Samantha: un bonito ejercicio de TelePatraña, perdón TeleRealidad, TeleVivencial, TeleGuay. Reporteros y Cuatro. Una ecuación escalofriante que da frutos tan jugosos como éste. Samantha pronuncia superbien las eses. Por ejemplo: “No es lo mismo contarlo que vivirlo”. Ese es uno de sus lemas. “Soy una chica normal”. Otro dogma. Claro, ella es ‘normal’ y por eso se puede hablar de lo Otro, lo Raro, lo “Jo, tía, qué fuerte vivir en la calle, ¿no?”. Amarillismo elegante, valga el oxímoron.
Ella es como superseria. Habla con esa garra Cuatro que Jon Sistiaga enseña en su curso por entregas Cómo ser guay y parecerlo. Una mañana, Samantha se despertó con su pijama del womansecret y mientras picoteaba sus specialK pensó, como para sí: “¿Cómo reaccionaría una persona de a pie si fuera adicto, maltratado, sintecho, anoréxico, prostituta…?”. Mantiene las cejas muy subidas como diciendo: “Esto es serio”. Como conectarte al weblog de una antigua compañera pija de la facultad curtida en los resortes del melodrama y el sentimentalismo.
“La experiencia con los porros ha sido agotadora”. Su última propuesta y señores, es aquí cuando la ficción vuelve a superar a la realidad, y no, no es un chiste de los Muchachada sino el título de la última entrega del programa: 21 días fumando porros. Cuando se recuperen de la carcajada continuamos. ¿Ya? Sin techo. Sin comer. Fumando porros. En definitiva, esas cosas terribles que hace la gente que no tiene cinco pares de Adidas y una hipoteca de 1.200 euros al mes. Para deleite de los directivos de Cuatro, 21 días se convirtió en el mejor estreno de la historia de Cuatro. La segunda entrega se mantuvo. Hay mucho desocupado y sin amigos los viernes por la noche que aún no ha descubierto la red ni los bares.
21 días ‘lo echan’ antes de Callejeros, otro gran programa de humor involuntario –otro día me extenderé en este pujante movimiento– de la parrilla. Samantha Villa curtió sus modos entre otros programas en esa plataforma impagable de ‘reporteros preocupados’ llamada España Directo (no salía una cantera tan dañina desde las ‘chicas Hermida’). Esos reporteros obsesionados con eso que llaman “Personas de a pie” y “Gente de la Calle”. Su lema es dar voz a la gente de la calle. Pero, ¿qué es la calle? La calle es como la vida. ¿Dónde está? ¿Delante? ¿Detrás de nosotros? ¿Estamos dentro de ‘la calle’? ¿Unos están en ‘la calle’ y otros no? ¿Cómo va? ¿Será que Emilio Botín apenas pisa ‘la calle’? Bueno, pisa ‘sus calles’? ¿Va en papamóvil? ¿En andas? ¿En una especie de Eurostar subterráneo para ricos? Pues sí, la verdad es que sí. Pero las calles de las urbanizaciones acorazadas también son calles, digo yo.
La antropóloga sale a hacer su trabajo de campo y etnografía infantil sobre esa tribu tan inaudita: la Gente de la Calle. Y la Voz por supuesto la permite el que tiene los medios, el poder. Y la Voz de la Calle es usada, deformada, puesta al servicio del objetivo del programa, como las fotos icono del fotoperiodismo que siempre hacen pensar en qué derecho tenemos sobre esas personas ignorantes del uso que hacemos de su imagen. Me pregunto yo. Personalmente, pienso que a Samantha le importa más su propia experiencia y su propia voz que la de ‘los de la Calle’. Un rollo como warholiano disfrazado de crónica social. Para muestra un botón: “He fumado porros bajo observación médica”. Risas sin enlatar. Cuanto más se incide en algo, más se subraya, más lo alejamos. No hay emoción que remueva, sólo ñoñi-sentimentalismo que alivia y nos confirma nuestra ‘normalidad’. Entre cartones la palabra neceser se hace estridente.
No es acercarse a la calle lo que pone a tantos espectadores, sino identificarnos con Samantha para reforzar la existencia lejana de lo Distinto y hacer más grande la diferencia. Cuando terminó los 21 días de cartoneo in the city la periodista declaró: “Necesitaba paz y silencio. Llegué a mi casa y me pasé una hora en silencio sentada en mi sofá con un té”. Atención, amigos: el burgués toma las calles. El antropólogo ignorante ha llegado con su onda masoca y está dispuesto a mostrarnos su puritita ficción. Y como diría Ernst Jünger –perdón, una que está muy leída–, “volvimos mudos de la guerra”.
La experiencia epatante no trae nada, salvo el shock y el silencio. Así, Jaime y Marta, dos de los espectadores tipo, se tragan 21 días, luego Callejeros mientras degluten sus tazones de All Bran y sus cocacolitas light. Cuando acaba, uno de ellos propone ver otro capítulo de Los Soprano: “Vale, cari”. En fin, la vida en las ciudades.
Hasta ahora sólo nos ha regalado dos perlitas –por suerte, la producción del programa se demora en el tiempo debido a las tres semanas de realización–; la primera: 21 días viviendo en la calle y la segunda 21 días sin comer. Periodismo gonzo pero como de charlar en el ascensor. Si Hunter S. Thompson levantara la cabeza, pisoteaba la falsa minicam de esta muchacha y su compañero –recordemos que siempre está acompañada en su falsa soledad de un cámara profesional– y se volvía a la tumba a inyectarse mescalina.
Resultado de la premisa de Samantha: un bonito ejercicio de TelePatraña, perdón TeleRealidad, TeleVivencial, TeleGuay. Reporteros y Cuatro. Una ecuación escalofriante que da frutos tan jugosos como éste. Samantha pronuncia superbien las eses. Por ejemplo: “No es lo mismo contarlo que vivirlo”. Ese es uno de sus lemas. “Soy una chica normal”. Otro dogma. Claro, ella es ‘normal’ y por eso se puede hablar de lo Otro, lo Raro, lo “Jo, tía, qué fuerte vivir en la calle, ¿no?”. Amarillismo elegante, valga el oxímoron.
Ella es como superseria. Habla con esa garra Cuatro que Jon Sistiaga enseña en su curso por entregas Cómo ser guay y parecerlo. Una mañana, Samantha se despertó con su pijama del womansecret y mientras picoteaba sus specialK pensó, como para sí: “¿Cómo reaccionaría una persona de a pie si fuera adicto, maltratado, sintecho, anoréxico, prostituta…?”. Mantiene las cejas muy subidas como diciendo: “Esto es serio”. Como conectarte al weblog de una antigua compañera pija de la facultad curtida en los resortes del melodrama y el sentimentalismo.
“La experiencia con los porros ha sido agotadora”. Su última propuesta y señores, es aquí cuando la ficción vuelve a superar a la realidad, y no, no es un chiste de los Muchachada sino el título de la última entrega del programa: 21 días fumando porros. Cuando se recuperen de la carcajada continuamos. ¿Ya? Sin techo. Sin comer. Fumando porros. En definitiva, esas cosas terribles que hace la gente que no tiene cinco pares de Adidas y una hipoteca de 1.200 euros al mes. Para deleite de los directivos de Cuatro, 21 días se convirtió en el mejor estreno de la historia de Cuatro. La segunda entrega se mantuvo. Hay mucho desocupado y sin amigos los viernes por la noche que aún no ha descubierto la red ni los bares.
21 días ‘lo echan’ antes de Callejeros, otro gran programa de humor involuntario –otro día me extenderé en este pujante movimiento– de la parrilla. Samantha Villa curtió sus modos entre otros programas en esa plataforma impagable de ‘reporteros preocupados’ llamada España Directo (no salía una cantera tan dañina desde las ‘chicas Hermida’). Esos reporteros obsesionados con eso que llaman “Personas de a pie” y “Gente de la Calle”. Su lema es dar voz a la gente de la calle. Pero, ¿qué es la calle? La calle es como la vida. ¿Dónde está? ¿Delante? ¿Detrás de nosotros? ¿Estamos dentro de ‘la calle’? ¿Unos están en ‘la calle’ y otros no? ¿Cómo va? ¿Será que Emilio Botín apenas pisa ‘la calle’? Bueno, pisa ‘sus calles’? ¿Va en papamóvil? ¿En andas? ¿En una especie de Eurostar subterráneo para ricos? Pues sí, la verdad es que sí. Pero las calles de las urbanizaciones acorazadas también son calles, digo yo.
La antropóloga sale a hacer su trabajo de campo y etnografía infantil sobre esa tribu tan inaudita: la Gente de la Calle. Y la Voz por supuesto la permite el que tiene los medios, el poder. Y la Voz de la Calle es usada, deformada, puesta al servicio del objetivo del programa, como las fotos icono del fotoperiodismo que siempre hacen pensar en qué derecho tenemos sobre esas personas ignorantes del uso que hacemos de su imagen. Me pregunto yo. Personalmente, pienso que a Samantha le importa más su propia experiencia y su propia voz que la de ‘los de la Calle’. Un rollo como warholiano disfrazado de crónica social. Para muestra un botón: “He fumado porros bajo observación médica”. Risas sin enlatar. Cuanto más se incide en algo, más se subraya, más lo alejamos. No hay emoción que remueva, sólo ñoñi-sentimentalismo que alivia y nos confirma nuestra ‘normalidad’. Entre cartones la palabra neceser se hace estridente.
No es acercarse a la calle lo que pone a tantos espectadores, sino identificarnos con Samantha para reforzar la existencia lejana de lo Distinto y hacer más grande la diferencia. Cuando terminó los 21 días de cartoneo in the city la periodista declaró: “Necesitaba paz y silencio. Llegué a mi casa y me pasé una hora en silencio sentada en mi sofá con un té”. Atención, amigos: el burgués toma las calles. El antropólogo ignorante ha llegado con su onda masoca y está dispuesto a mostrarnos su puritita ficción. Y como diría Ernst Jünger –perdón, una que está muy leída–, “volvimos mudos de la guerra”.
La experiencia epatante no trae nada, salvo el shock y el silencio. Así, Jaime y Marta, dos de los espectadores tipo, se tragan 21 días, luego Callejeros mientras degluten sus tazones de All Bran y sus cocacolitas light. Cuando acaba, uno de ellos propone ver otro capítulo de Los Soprano: “Vale, cari”. En fin, la vida en las ciudades.
PUBLICADO en Diagonal, nº 99.
