jueves, abril 2

21 DIAS SIN PARAR DE REIR O LA ANTROPÓLOGA IGNORANTE


Una autodenominada treintañera llamada Samantha y su minicam en mano. 21 días Out of paradise. No, no es el regreso de Sensación de Vivir. Es un jodido programa serio, tíos, comprometido, social, que va hasta los putos bajos fondos si hace falta, ¿vale? Un objetivo: vivenciar durante 21 días situaciones que le parecen más bien escabrosas al equipo de esta periodista: Samantha, sí, chicos, Samantha Villa.


Hasta ahora sólo nos ha regalado dos perlitas –por suerte, la producción del programa se demora en el tiempo debido a las tres semanas de realización–; la primera: 21 días viviendo en la calle y la segunda 21 días sin comer. Periodismo gonzo pero como de charlar en el ascensor. Si Hunter S. Thompson levantara la cabeza, pisoteaba la falsa minicam de esta muchacha y su compañero –recordemos que siempre está acompañada en su falsa soledad de un cámara profesional– y se volvía a la tumba a inyectarse mescalina.
Resultado de la premisa de Samantha: un bonito ejercicio de TelePatraña, perdón TeleRealidad, TeleVivencial, TeleGuay. Reporteros y Cuatro. Una ecuación escalofriante que da frutos tan jugosos como éste. Samantha pronuncia superbien las eses. Por ejemplo: “No es lo mismo contarlo que vivirlo”. Ese es uno de sus lemas. “Soy una chica normal”. Otro dogma. Claro, ella es ‘normal’ y por eso se puede hablar de lo Otro, lo Raro, lo “Jo, tía, qué fuerte vivir en la calle, ¿no?”. Amarillismo elegante, valga el oxímoron.
Ella es como superseria. Habla con esa garra Cuatro que Jon Sistiaga enseña en su curso por entregas Cómo ser guay y parecerlo. Una mañana, Samantha se despertó con su pijama del womansecret y mientras picoteaba sus specialK pensó, como para sí: “¿Cómo reaccionaría una persona de a pie si fuera adicto, maltratado, sintecho, anoréxico, prostituta…?”. Mantiene las cejas muy subidas como diciendo: “Esto es serio”. Como conectarte al weblog de una antigua compañera pija de la facultad curtida en los resortes del melodrama y el sentimentalismo.
“La experiencia con los porros ha sido agotadora”. Su última propuesta y señores, es aquí cuando la ficción vuelve a superar a la realidad, y no, no es un chiste de los Muchachada sino el título de la última entrega del programa: 21 días fumando porros. Cuando se recuperen de la carcajada continuamos. ¿Ya? Sin techo. Sin comer. Fumando porros. En definitiva, esas cosas terribles que hace la gente que no tiene cinco pares de Adidas y una hipoteca de 1.200 euros al mes. Para deleite de los directivos de Cuatro, 21 días se convirtió en el mejor estreno de la historia de Cuatro. La segunda entrega se mantuvo. Hay mucho desocupado y sin amigos los viernes por la noche que aún no ha descubierto la red ni los bares.
21 días ‘lo echan’ antes de Callejeros, otro gran programa de humor involuntario –otro día me extenderé en este pujante movimiento– de la parrilla. Samantha Villa curtió sus modos entre otros programas en esa plataforma impagable de ‘reporteros preocupados’ llamada España Directo (no salía una cantera tan dañina desde las ‘chicas Hermida’). Esos reporteros obsesionados con eso que llaman “Personas de a pie” y “Gente de la Calle”. Su lema es dar voz a la gente de la calle. Pero, ¿qué es la calle? La calle es como la vida. ¿Dónde está? ¿Delante? ¿Detrás de nosotros? ¿Estamos dentro de ‘la calle’? ¿Unos están en ‘la calle’ y otros no? ¿Cómo va? ¿Será que Emilio Botín apenas pisa ‘la calle’? Bueno, pisa ‘sus calles’? ¿Va en papamóvil? ¿En andas? ¿En una especie de Eurostar subterráneo para ricos? Pues sí, la verdad es que sí. Pero las calles de las urbanizaciones acorazadas también son calles, digo yo.
La antropóloga sale a hacer su trabajo de campo y etnografía infantil sobre esa tribu tan inaudita: la Gente de la Calle. Y la Voz por supuesto la permite el que tiene los medios, el poder. Y la Voz de la Calle es usada, deformada, puesta al servicio del objetivo del programa, como las fotos icono del fotoperiodismo que siempre hacen pensar en qué derecho tenemos sobre esas personas ignorantes del uso que hacemos de su imagen. Me pregunto yo. Personalmente, pienso que a Samantha le importa más su propia experiencia y su propia voz que la de ‘los de la Calle’. Un rollo como warholiano disfrazado de crónica social. Para muestra un botón: “He fumado porros bajo observación médica”. Risas sin enlatar. Cuanto más se incide en algo, más se subraya, más lo alejamos. No hay emoción que remueva, sólo ñoñi-sentimentalismo que alivia y nos confirma nuestra ‘normalidad’. Entre cartones la palabra neceser se hace estridente.
No es acercarse a la calle lo que pone a tantos espectadores, sino identificarnos con Samantha para reforzar la existencia lejana de lo Distinto y hacer más grande la diferencia. Cuando terminó los 21 días de cartoneo in the city la periodista declaró: “Necesitaba paz y silencio. Llegué a mi casa y me pasé una hora en silencio sentada en mi sofá con un té”. Atención, amigos: el burgués toma las calles. El antropólogo ignorante ha llegado con su onda masoca y está dispuesto a mostrarnos su puritita ficción. Y como diría Ernst Jünger –perdón, una que está muy leída–, “volvimos mudos de la guerra”.
La experiencia epatante no trae nada, salvo el shock y el silencio. Así, Jaime y Marta, dos de los espectadores tipo, se tragan 21 días, luego Callejeros mientras degluten sus tazones de All Bran y sus cocacolitas light. Cuando acaba, uno de ellos propone ver otro capítulo de Los Soprano: “Vale, cari”. En fin, la vida en las ciudades.
Hasta ahora sólo nos ha regalado dos perlitas –por suerte, la producción del programa se demora en el tiempo debido a las tres semanas de realización–; la primera: 21 días viviendo en la calle y la segunda 21 días sin comer. Periodismo gonzo pero como de charlar en el ascensor. Si Hunter S. Thompson levantara la cabeza, pisoteaba la falsa minicam de esta muchacha y su compañero –recordemos que siempre está acompañada en su falsa soledad de un cámara profesional– y se volvía a la tumba a inyectarse mescalina.
Resultado de la premisa de Samantha: un bonito ejercicio de TelePatraña, perdón TeleRealidad, TeleVivencial, TeleGuay. Reporteros y Cuatro. Una ecuación escalofriante que da frutos tan jugosos como éste. Samantha pronuncia superbien las eses. Por ejemplo: “No es lo mismo contarlo que vivirlo”. Ese es uno de sus lemas. “Soy una chica normal”. Otro dogma. Claro, ella es ‘normal’ y por eso se puede hablar de lo Otro, lo Raro, lo “Jo, tía, qué fuerte vivir en la calle, ¿no?”. Amarillismo elegante, valga el oxímoron.
Ella es como superseria. Habla con esa garra Cuatro que Jon Sistiaga enseña en su curso por entregas Cómo ser guay y parecerlo. Una mañana, Samantha se despertó con su pijama del womansecret y mientras picoteaba sus specialK pensó, como para sí: “¿Cómo reaccionaría una persona de a pie si fuera adicto, maltratado, sintecho, anoréxico, prostituta…?”. Mantiene las cejas muy subidas como diciendo: “Esto es serio”. Como conectarte al weblog de una antigua compañera pija de la facultad curtida en los resortes del melodrama y el sentimentalismo.
“La experiencia con los porros ha sido agotadora”. Su última propuesta y señores, es aquí cuando la ficción vuelve a superar a la realidad, y no, no es un chiste de los Muchachada sino el título de la última entrega del programa: 21 días fumando porros. Cuando se recuperen de la carcajada continuamos. ¿Ya? Sin techo. Sin comer. Fumando porros. En definitiva, esas cosas terribles que hace la gente que no tiene cinco pares de Adidas y una hipoteca de 1.200 euros al mes. Para deleite de los directivos de Cuatro, 21 días se convirtió en el mejor estreno de la historia de Cuatro. La segunda entrega se mantuvo. Hay mucho desocupado y sin amigos los viernes por la noche que aún no ha descubierto la red ni los bares.
21 días ‘lo echan’ antes de Callejeros, otro gran programa de humor involuntario –otro día me extenderé en este pujante movimiento– de la parrilla. Samantha Villa curtió sus modos entre otros programas en esa plataforma impagable de ‘reporteros preocupados’ llamada España Directo (no salía una cantera tan dañina desde las ‘chicas Hermida’). Esos reporteros obsesionados con eso que llaman “Personas de a pie” y “Gente de la Calle”. Su lema es dar voz a la gente de la calle. Pero, ¿qué es la calle? La calle es como la vida. ¿Dónde está? ¿Delante? ¿Detrás de nosotros? ¿Estamos dentro de ‘la calle’? ¿Unos están en ‘la calle’ y otros no? ¿Cómo va? ¿Será que Emilio Botín apenas pisa ‘la calle’? Bueno, pisa ‘sus calles’? ¿Va en papamóvil? ¿En andas? ¿En una especie de Eurostar subterráneo para ricos? Pues sí, la verdad es que sí. Pero las calles de las urbanizaciones acorazadas también son calles, digo yo.
La antropóloga sale a hacer su trabajo de campo y etnografía infantil sobre esa tribu tan inaudita: la Gente de la Calle. Y la Voz por supuesto la permite el que tiene los medios, el poder. Y la Voz de la Calle es usada, deformada, puesta al servicio del objetivo del programa, como las fotos icono del fotoperiodismo que siempre hacen pensar en qué derecho tenemos sobre esas personas ignorantes del uso que hacemos de su imagen. Me pregunto yo. Personalmente, pienso que a Samantha le importa más su propia experiencia y su propia voz que la de ‘los de la Calle’. Un rollo como warholiano disfrazado de crónica social. Para muestra un botón: “He fumado porros bajo observación médica”. Risas sin enlatar. Cuanto más se incide en algo, más se subraya, más lo alejamos. No hay emoción que remueva, sólo ñoñi-sentimentalismo que alivia y nos confirma nuestra ‘normalidad’. Entre cartones la palabra neceser se hace estridente.
No es acercarse a la calle lo que pone a tantos espectadores, sino identificarnos con Samantha para reforzar la existencia lejana de lo Distinto y hacer más grande la diferencia. Cuando terminó los 21 días de cartoneo in the city la periodista declaró: “Necesitaba paz y silencio. Llegué a mi casa y me pasé una hora en silencio sentada en mi sofá con un té”. Atención, amigos: el burgués toma las calles. El antropólogo ignorante ha llegado con su onda masoca y está dispuesto a mostrarnos su puritita ficción. Y como diría Ernst Jünger –perdón, una que está muy leída–, “volvimos mudos de la guerra”.
La experiencia epatante no trae nada, salvo el shock y el silencio. Así, Jaime y Marta, dos de los espectadores tipo, se tragan 21 días, luego Callejeros mientras degluten sus tazones de All Bran y sus cocacolitas light. Cuando acaba, uno de ellos propone ver otro capítulo de Los Soprano: “Vale, cari”. En fin, la vida en las ciudades.

PUBLICADO en Diagonal, nº 99.

lunes, marzo 30

ANESTESIA GENERAL Y A CORAZÓN ABIERTO

Hace unas semanas asistimos a la creación de un nuevo género televisivo, mezcla de ciencia ficción y vidas de santos: la miniserie del 23-F, en la que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
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MEMORIA HISTÉRICA. La serie del 23-F convierte el pasado en una especie de Disneylandia de la historia.

Martes, diez de la noche. Medio país frente al hogar, mirando con cara de consumidor deseante pero en crisis –doblemente carente– la tralla de anuncios que lavan su cerebro de primate avanzado. La función va a empezar. TVE 1 nos ha convocado a conjurar demonios y no seremos nosotros los que faltemos a la cita con La Primera, la Uno, la nuestra, la de toda la vida, hostia. Es como si el aparato del cuarto poder –y del cuarto de estar– dirigiera una dinámica de grupo retransmitida por satélite donde un gran capitán con forma de falo, ese Pirulí de moda, nos convocara con sus ondas a movernos en corro y al unísono mientras dice con voz de animador de hotel de Mallorca: “Hoy le vamos a lavar la cara a… ¡¡¡el 23-F!!!”. Y nosotros contestamos a coro “Bieeeeen…”.

Un nuevo género ha comenzado: la historia ficción, en este caso, en su variante golpista. Oh, oh, yeah. El título, robado a Mr. Aute, como supersimbólico: 23-F: La noche más larga. Del rey, se entiende, porque después del año pasado, trufadito de meteduras de pata y cierta sospecha pujante de una parte del pueblo, el paciente a rescatar es sin duda el Borbón. Misión: restaurarle el nimbo de los intocables. La intervención comienza, la disección de los hechos queda quetecagas en textura serie de ficción TVE 1, que es igual a los mejores medios técnicos más resultado casposete. Encima la pagamos entre todos con esa parte de la nómina que pone deducciones. La operación Maquillaje va a ser larga y a corazón abierto, porque ya desde primera hora todo está circunscrito al ámbito de lo emotivo, lo pequeño, lo íntimo, como si en vez de un suceso histórico estuviésemos abordando las intrigas psicológicas de unos conspiradores que, sólo tangencial y anecdóticamente, son militares, y además su jefe es el Jefe a su vez de un Estado en pañales.

No hay estructuras que analizar, sólo emociones que subrayar. Shakespeare (perdóname, Will) contra Marx. Y pérdoname Will, porque en tus obras las guerras y las sucesiones tienen mucho más peso dramático que los besos y las lágrimas. Si me quedo en la traición de un par de generales se me olvida todo el contexto. Si me concentro en la constreñida figura de un Juancarlos en la soledad de su gabinete, superado por la inminencia de la traición de un par de Brutos entre sus filas, me escaqueo de tener que analizar en qué situación política se encontraba el prota. ¿Qué no le llegaba la camisa al cuello? Eso está claro.

Pero eso no da para una serie, sea mini o no. Recordemos que su agobio no era porque un par de amigotes de toda la vida –Armada y Milans del Bosch– le hubieran levantado la novia, tal parecía el disgusto del arrobado Juancarlos en la serie, sino porque verdaderamente estaba en juego una sucesión sujeta con alfileres y toda una vida de renuncias y chuparle el culo al caudillo se nos va por el desagüe, Sofía. Pero por dios, ¿cómo no mostrar una sola incoherencia, una sola sombra de duda sobre qué le convenía más, una rendija de posibilidades, alternativas fuera del monolítico pastiche institucional que nos quieren meter a cucharadas? Y ya no apelo a la fidelidad para con la historia, sino a los resortes del interés dramático que cualquier personaje debe tener. Paradojas, contradicciones, debilidades.

En fin, esas cosas de lo de ser humano. No, Juan Carlos es un ciborg, en La Zarzuela le implantaron una placa base en la cabeza –por eso habla así de raro– de la que sólo salen cansinas consignas prodemocracia y Constitución. ¡Anda ya! El caso es mantenernos en la infancia como espectadores, recortarnos el derecho a la inteligencia, a pensar –¡uy!–, a colegir, adivinar, reconstruir. No, nene, aquí las cositas bien planas, sin matices y pa’dentro. Un panegírico a algo supuestamente muerto –el espíritu antidemocrático– es lo más fácil de hacer. Una campaña publicitaria también. El objetivo está clarísimo: vender. Y es mucho más fácil hacer comprar que hacer pensar, eso ya está más que probado.

Pues la audiencia compró la serie, y cómo compró. Máximos índices en TVE desde el partido de nosequién. Un apoyo masivo, los destinatarios de la campaña reaccionaron superfavorablemente ante el logo Corona, la marca JuanCarlos y la sede Zarzuela. En términos de márketing, se llama ‘pregnancia’. Implicación personal del consumidor con la marca. Memoria emotiva frente a memoria histórica. A la historia de nuestra transición de pacotilla le hacía falta urgentemente un trasplante de corazón. O al menos un marcapasos. Y ahí está el diligente equipo de TVE 1 para colocárnoslo. El desplazamiento hacia lo emocional es lo más efectivo que se conoce hasta ahora contra la distancia crítica.

El ángel de la historia de Walter Bejamin más que terrible, se está convirtiendo en risible y en vez de de tener un pie en el futuro mientras mira hacia atrás, pasa de puntillas por el pasado mientras se proyecta incesante hacia un futuro donde el Progreso, la Democracia y la Entrañable Monarquía reinarán en una especie de Disneyland de la historiografía reciente. En la puerta, un cartel dirá: “MUSEO DE LA MEMORIA HISTÉRICA. Rogamos apaguen sus conciencias y suban el volumen de sus clínex”. O algo así. Hasta la próxima, amigos.

PUBLICADO en Diagonal, nº97, MARZO 2009.

¡¡A LA CAZA DE LA MOZA!!

Cuando pensábamos que ya lo habíamos visto todo, llegó ‘Granjero busca esposa’ y nos demostró que la tele puede ser mucho peor de lo que creíamos.
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TRATA DE MOZAS. Este programa educativo trata de encontrar unas esposas complacientes a la par que ‘zenzuales’ a tres granjeros / Gordon Dionne

Una ya no quiere encender la tele. Ya no quiere tener tele. En 2008, las estadísticas indicaron una tendencia creciente al empleo mayor de tiempo navegando por internet que viendo la tele, especialmente en la población joven. Es oficial: la tele tiene una enfermedad mortal y sólo nos queda asistir a su decadencia y fin. Los grandes grupos económicos se encargarán de cablear al enfermo y alargar artificialmente su ya deteriorada vida. Pero criticar cansa, es un deporte con trampa. Quita energía para pensar y construir. Aunque eso, como lo del cáncer que padece la tele, es otra historia. Esta semana, como les prometí, vengo a hablarles de uno de los últimos tumores malignos detectados. Digamos que si el cáncer se basa en un exceso de vida o en un mal funcionamiento de la muerte, cuando uno ve Granjero busca Esposa (Cuatro), lo primero que detecta es que algo no va bien en ese organismo llamado programación. Elenco del espacio: un buen mozo de Lleida, un garrulo del Levante, un vasco como más fisno y una presentadora con prognatismo. El medio, el rural. Y lo rural en este país da mucho juego. España, ya lo dijo nosequién, son sus pueblos. Y el rey del pueblo es el gañán, el cortijero, ese muchacho casadero y talludo que vive con sus padres y que se ha hecho cargo de la explotación familiar agrícola, vinícola o frutícola –parecen extraterrestres, y lo pueden llegar a ser–. Ese gañán necesita una moza que le de calor en las noches gélidas y le quite del porno, le dé un servicio doméstico para independizarse de la madre y, por descontado, le de una descendencia para seguir explotando el campo. Muchos de esos muchachos son peritos agrícolas, no se vaya usted a creer, pero el polvillo de la dehesa cuesta más quitárselo de encima que a Antonio Ferrandis hacer olvidar al vulgo el sambenito de Chanquete –que no lo consiguió, vamos–.

Y como la mecánica de estos realities se basa en el enfrentamiento, de seres y de conceptos, las zagalas vienen de la urbe, para que el gañán se estrese o se crezca en sus pagos frente a los tacones de aguja y el outfit bajo de caderas de las leonas de la city. A cada gañán se le asignan dos mozas, a las que da cobijo reproduciendo en versión aldeana el mito del harén de toda la vida. Las chavalas hacen como que se llevan bien, pero en sus confesionarios improvisados en establos y cochiqueras se ponen a parir entre ellas. El mozo encantado, ya tiene para despachar con la cuadrilla mientras se toma los chatos en la taberna.

Como dijo Luisa Muraro, ideóloga del feminismo de la diferencia: “No creas tener derechos”. Te tocará pasar por el examen de la madre, que escanea tu cuerpo, juzga tu modo de vestir, te presupone putón, y te sale con: “Esta viene a heredar la plantación, pues no la habré calado yo a esta yegua”. Te tocará aprobar en las pruebas donde se analizará tu adecuación a los mandatos de género. ¿Estás buena? ¿Eres buena? ¿Eres un bombo en potencia, porque aquí hace falta mano de obra? ¿Estás dispuesta a complacer al hombre y a competir con otra para no quedarte con lo del arroz ya no pasao, sino repegao?

Estos niños grandes, mimados por el medio rural y cebados a pucheros de la mamá cuentan con la ayuda de la antes mencionada presentadora –de nombre Luján (???)– cuya función dramática está a caballo entre la marquesa de Los Santos Inocentes de Delibes/Camus y una madama de una whiskeria de carretera. Baja de un 4x4, maqueadísima y falsa –una viva imagen del anticristo–, actúa como confidente del galán indeciso, que está más pinocho que otra cosa, pero tiene que hacer como que tiene un dilema; o Mariluz, la chica honesta y separada de Vitoria, con dos hijos ya la jodía y un pasado o Tatiana, la angelical eslava con la que apenas puedo cruzar dos palabras pero que rezuma zenzualidá (sic). Qué enjundia, qué densidad, qué riqueza, qué sentido común.

El concurso consiste en esclarecer en los diez días subsiguientes a la presentación quién de las dos chavalas estará más presente en los sueños húmedos o castos del gañán, cuantas peleas en el barro pueden llegar a protagonizar las talluditas o inmigrantes contrincantes –necesitadas de hombre adjunto, por requerimientos sociales, en ambos casos–, o quién cae redonda al suelo durante la fiesta de la matanza. Del garfio de la matanza colgaba yo a los directivos de Cuatro. Esto es muy triste, insultante, inaudito. Tener que ver a un gañán en esquijama forzando un sándwich con dos autoestimas desesperadas de la capital me parece muy deprimente. Por favor. Como el asustadizo Shagghy en la casa del terror chillaría gustosa: “Bibiana Aidooooouuuu, Where are youuuuuu?”. En fin, seguiremos de cerca este poco halagüeño diagnóstico: Trata de Mozas. Metástasis en el prime time de los lunes. Lo dice la doctora.


PUBLICADO en Diagonal, nº 95, FEBRERO 2009.

sábado, marzo 28

EL AÑO QUE SUFRIMOS SUBTERRÁNEAMENTE

Hay ahora mismo reinando la parrilla un programa que me encanta, de verdad. Me hace pasar unos ratos fenomenales y el presentador es un crack. Es un hombre pequeño, la mar de salao, con una barbucha pelirroja como de haberse quemado tras lustros de after shave y una estatura que hasta en la tele se ve que es escasa. Es un tío guay. Un tío que se lo ha currado. Se llama Pablo y se apellida Motos. Viene de la radio y es cantidad de gracioso el nota. Le duele la boca de decir que tiene un equipazo aunque todo el programa pivota en torno a él, un líder, un hombre como sietemesino pero que tiene ese don incontrolable de caer simpático a las masas y de saber esconder su infinidad de complejos tras una pátina de pretendida autoparodia.

¿Se me ha visto ya el plumero? Si, como dijo el gran Jordi Costa, el siglo XXI es el siglo XX contado para niños, El Hormiguero, este programa tan flipante y original del que hoy disertamos, es un programa infantil, pero de esto sólo se dan cuenta los niños, a los que, con toda razón y derecho, encanta. El programa reina desde hace unos meses casi sin competencia lo que se conoce como franja pre-prime time.

Esto es: el ratico de justo antes de sentarse con el bocata de tortilla francesa con atún bien chorreante delante de la tele. Técnicamente va –la franja horaria, no tu bocata– de las 20h hasta el inicio de los espacios estelares de las 22 horas. Comenzó como una posibilidad de arañar puntos de share y engatusar a la gente hacia el sofá y se ha convertido en uno de los bombones de programadores, directivos y presentadores. En esta franja –me encanta decir franja: franjafranja, queda como muy riguroso– compiten hoy por hoy el susodicho Hormiguero (Cuatro), El Intermedio (Sexta) y Camera Café (Tele5). Antena 3 y TVE1, que parece que no acaban de pillarlo, a por uvas.

Al turrón: El Hormiguero, programa de entretenimiento (antaño variedades): empieza con un monólogo ad hoc modelando la actualidad del día y con Prisa. Continúa recibiendo a un personaje famoso en promoción, mayormente advenedizo, dos condiciones por otro lado no reñidas. Si es chico se pondrá a prueba su hombría con alguna machada de barra de bar, si es chica, cómo no, se ponderará la turgencia de sus senos y/o piernas y su liquidez neuronal antes de entrar en harina. Cosas.

El formato entrevista sufre con la violencia de género –muy común– que le propina el propio Motos y dos mascotas estrangulables recogidas del taller del alumno retrasado de Jim Henson: Trancas y Barrancas. Olé. Todo un hit con merchandising propio del que se reirán, como en un bucle infernal, en un programa futurible similar al Hormiguero un par de colaboradores parecidos a los hoy manipuladores de las marionetasinsectos.

Secciones fijas también son una canción ‘cachonda’ para mandar a los peques de la casa al catre, con melodía robada a unos insensatos Farfare Cioccarlia; un espacio de ciencia en el que un tipo sobradísimo al que le gusta travestirse y que daría él mismo para una columna crítica, pone en peligro a todo un equipo con su delirio de ser ignífugo. Sólo diré que el interfecto se hace llamar Flipy. Silencio. Los nombres hablan a veces por las cosas. Flipy. Perdón. Otras secciones diarias: el Rap, repasa desafinando los high lights del día; Frases Célebres de niños –cursis hasta la arcada y además intuyo que falsas– o el kiosco, en la que, oh, milagro, los que hacen de hormigas salen de debajo de la mesa y hablan sobre revistas raras, regalándonos por lo tanto unos bellos momentos sin las vocecitas de sus laboriosos alter egos.

La cabeza visible de este circo más que nada insustancial es Pablo Motos, un personaje sorprendentemente en alza, de esos que está deseando que lo entreviste ya Jesús Quintero para asegurar con voz grave: “Mi secreto es la suma del trabajo de mi equipo. Mi gran número de colaboradores son, quiero pensar, por este orden, buenas personas y gente con talento”. O algo así. Y dale con lo de ser ante todo buenas personas. A un portero de finca o a un panadero nadie le pide que sea buena persona, se le presupone, mientras que los personajes públicos parece que tuvieran que aclararlo continuamente.

El menda, perdón, su equipo, se llevó en 2008 el Ondas televisivo al Mejor Programa de Entretenimiento por, sic, la innovación y la osadía del formato, y por su reinvención de la televisión familiar. Lo mejor es lo de la osadía y lo peor el bochornoso número musical que preparó el equipazo Motos y que confirmó que pese al protagonismo de las cancioncillas en su programa, cantar, lo que es cantar, pues no se les da. Lo mejor de El Hormiguero es que da bastante juego a Ángel Martín en su sección del Sé lo que hicisteis y además, como el programa es de Cuatro, puede pinchar íntegras las secuencias en las que Motos trata de cruzar la barrera del sonido mientras le arde el mono de amianto y le sale mal. Aunque el ego de Motos yo calculo que podría cruzar él solito todas las barreras habidas y por haber.

Así que, ya sabéis, familia –cristiana o progre–, si queréis entretenimiento sexista y chorra de altura, dejad la Cuatro después de Gabilondo: encontraréis un tío “quetecagas” de majo que os estragará la exigua cenita a la que seguro os enfrentáis. Ánimo, chicos. Si sobreviven para mi próxima entrega, les hablo el próximo día de Granjero Busca Esposa, también, joder, en Cuatro. Los Polánquez están que se salen...

3x4=15

Yo no me quiero pasar de lista, que es el principal peligro de cualquier persona que se pretenda mantener al margen “pa criticá”, ni tampoco quiero ser aguafiestas, sobre todo porque en estos últimos tiempos la cosa del ceño fruncido como que no mola y encima te salen líneas de expresión. Yo no, pero mi amiga Curra –siempre dirán que hablo de mis amigas, pero es que son mi Cámara de las comunes particular (cámara baja, bajuna, a veces, sí), bueno, mi amiga Curra, campeona de patchwork en pista cubierta, ya lo dijo hace tres años, cuando la botadura del barco: “Esta cadena es demasiado pija para mí".Y es que la palabra no da lugar a equívoco: pijo. Miro el María Moliner, esa sí que era una señora. Y me dice: “Dicho de una persona: Que en su vestuario, modales, lenguaje, etc., manifiesta gustos propios de una clase social acomodada”. Eureka, ahí está la clave. Clase social acomodada. Una cadena para gente sin “esos problemas de la clase trabajadora, a la que le huele el alerón después de las ocho horas –con suerte– de curro”. A nosotros no. Nosotros olemos a Sanex, nuestros presentadores llevan zapatillas Tiger detrás del mostrador y tratamos a los clientes, digo a los televidentes, de tú a tú. Y a los reyes, si se tercia (me niego a ponerlo en mayúsculas, perdóname María).

Porque Leticia, con zeta, si hubiera existido Cuatro antes de ser princess –no la plancha–, hubiera sido mascarón de proa de Cuatro; no en vano empezó en CNN+. Para los trabajadores de Cuatro, por no decir, para los socios del partido, tal es su orgullo corporativo, no hay problema suficientemente jodido como para sacarles de ese acomodo amniótico y arrancarles la sonrisa de suficiencia. Parecen decirnos: “¡Hey, chicos, venid al Coney Island de la programación –o sea, entretenimiento puro y duro que ni Ramón García en el Grand Prix–, pero para gente ‘especial’, ¡esa gente que huele a lo que huele la gente que no huele a nada! ¿Ein? Doctora, al turrón, que me paso de circunloquio y mi Lola me echa la bronca –ya os hablaré de mi Lola otro día.

A ver: que Cuatro –la cadena, no el instrumento– acaba de cumplir tres añitos. Sus emisiones regulares comenzaron el 7 de noviembre de 2005 por reconversión de la concesión del canal analógico nacional por el que emitió, desde 1990, el canal de pago del grupo Canal+ (uf... Esto lo he copiado así del tirón de la Wikipedia, que me han dicho que se puede, y como son datos y yo lo que hago es interpretar...), y este 2008 se han apuntado dos tantos que resumen todo su espíritu competitivo, joven y rojo, pero del nuevo rojo, el glamuroso: “La Eurocopa y Fama fueron los grandes aciertos de la nuestra pasada temporada”.

Lo dice el mismo negro que escribe en nombre del jefe de programación en la misma web, más adelante: “Nuestro objetivo es que en Cuatro encuentres una televisión positiva, interesante y creíble, en la que tengan cabida tanto la información de calidad como el entretenimiento y la diversión. Cuatro nació con la voluntad de ser una televisión joven, muy actual y cómplice con la sociedad de su tiempo”.

Y tan cómplice. Sogecable o Josecable, como dice mi amiga Paca con todo su acento ceceante del Puerto de Santamaría, es un grupo empresarial de expansión tan floreciente como para entrar y salir del Ibex 35 estratégicamente y con desparpajo. Bueno, pues la gentecilla de JoseCable se apunta en estos tres años los dudosos tantos de desenterrar perlas como Humor amarillo –pero sin Kitano–, Pressing Catch o transmutar a Gabilondo de dios de las mañanas a extraño visitante de las cenas de sushi o burritos vegetales de los televidentes de Cuatro. ¿A quién le importa la voluntad crítica trasnochada de Iñaki?

“Queremos vibrar con la cámara al hombro de Callejeros, disfrutar con la poética de la barriada marginal antes de empezar la final de Xbox 360 con la gente del estudio. Mola saber que aún hay gente auténtica y ‘pobre’ (¡uy!) y que nuestras cámaras están ahí para recogerlo y darles voz; además nuestros reporteros son supereducados: llaman guapo o guapa al kinki más kinki de toda la Rosilla, ¿no?”. Ideas frescas. Ante la salud de la economía y de los movimientos sociales patrios, estable dentro de la gravedad, Cuatro se inventa un programa de coaching donde un experto –Cuatro está lleno de expertos de 35 años– te ayuda a ahorrar. Márketing obliga: te damos lo mismo que las demás pero con la pátina de limpieza del ganador. Y ante todo, buenrollo amiguitos, la España Negra pasó. Aquí está la España Blanca. Y con un toquecito de Rojo. Como si fuera curry (ellos dicen “caaarrri”). Practican “eso”.


PUBLICADO en Diagonal, nº 89, Noviembre 2008.

AL PASAR LA BARCA

Me dijo el barquero: las niñas bonitas presentan programas. (¿O dijo pogramas?). El caso es que yo le contesté: Yo no soy presentadora ni lo quiero ser, yo quiero ser humorista como una mujer. Entonces, enseguida el barquero se me puso hablar de sentadillas y de cremas anticelulíticas. Porque en un silogismo catódico diríamos: “Patricia Conde es humorista, todas las tías que salen en la tele quieren ser graciosas, luego todas las tías que salen por la tele son Patricia Conde y, por lo tanto, están buenísimas”. Y si en algo parece haber quórum en estos días fuera y dentro de la pantalla es: una tía buena merece, cuando menos, ser mirada y, de paso, escuchada. Las feas comenzarán sus speeches mofándose de su fisonomía para justificar su presencia delante del teleprompter y su inaudita ausencia de piernas kilométricas.

Y todo esto empezó con un táper de croquetas. A ver, todos los lunes nos juntamos las amigas a reflexionar y a compartir nuestros respectivos alijos de anfetaminas y tranquimazines. Y al rato pues nos entra una flojera que alguna tiene que convidar a viandas reconstituyentes. Así fue como mi Lola se sacó generosamente un táper de croquetas que tenía guardadas para su José Luis, que está en 4º de derecho con 38 años. En fin, al lío, que a alguien le dio por comentar la retirada del anuncio de las Letras del Tesoro por parte del Ministerio de Igualdad –al que bien podríamos ya llamar el Ministerio del Circo y los Enanos. Y después de ponderar el caso concluimos que si esa chiquilla –léase la ministra ad hominem– no enciende la tele o la radio un mísero día al año. Porque hay que ver la minucia que ha ido a señalar, que bien quitada está, yo no digo que no, pero es como si vas a Iraq y le dices a Bush que vaya cómo tienen a las mascotas sin su pienso para gourmets. ¡Hombre, por dios! Y de ahí se sigue mi reflexión primera: ¿Acaso no es el sexismo más endémico a la televisión y la publicidad que las 625 líneas de su formato?

Porque digo yo, si por poner un ejemplo, la niña de Rajoy se parara un día cualquiera delante de la tele vería toda su vida pasar delante de ella así como esos que medio se mueren. Vería todos los arquetipos a los que está destinada, pero sobre todo detectaría que con un buen blanqueamiento dental, unas prótesis bien injertadas y un tío al lado siendo convenientemente paternalista y llevándose la chicha de todos los guiones –vease Ángel Martín (Sé lo que hicisteis)–, se llega bien lejos en esto de los media entertainment. Siguiendo el método científico observamos que todas las mujeres televisivas con pretensiones humorísticas ostentan carne muchachil, sonríen a saco, se dejan dirigir y cuidan a su compañero de guión, mesa o plató. En fin, todas las estrategias que te ayudarán en la vida moderna, niña bonita.

Las donnas de la tele juegan siempre –si no juegan, en El Hormiguero (Cuatro) y Muchachada Nui! (La 2) directamente no existen– un papel subordinado al conductor o director supermacho o superlisto –y esto en el caso más afortunado del humor patrio. En el lado más desafortunado, pero no por ello menos ilustrativo, destacan los profundísimos roles femeninos de Pluton BRB Nero (La 2) –la tía buenorra y encima cyborg y/o la maruja que persigue al capitán de la nave. Joder, si eso es el futuro, me quedo en los ‘80, donde al menos ponían La Bola de Cristal.

Los de la Common Wealth, siempre avezados en estas cosas de la cultura, despuntaron años, pero años ha, con Te quiero, Lucy (ABC) o el Show de Carol Burnett (CBS) y más recientemente en el circuito off comedy americano Sarah Silverman (impagable su hit I’m fucking Matt Damon, búsquelo en YouTube) o Kathy Brand, autoapodada ‘Culo- Gordo’, cuyo show triunfa en la pérfida Albión (aquí en Digital+), en el que se come con papas ella solita un espacio entero y unas parodias al estilo Testimonios de los Muchachada, pero, por fin, escritas, dirigidas e interpretadas por una mujer que se ríe de las propias mujeres. Autonomía humorística; y encima está gorda. Impagable.

Como por aquí somos tan copiotas con eso de los formatos y los iconos, pronto aparecerá un remedo latino, aunque me temo que para que surja alguien con una libertad creativa de ese tamaño tendríamos que pasar lustros imitando a la BBC –cosa improbable– y olvidar la insidiosa obsesión de que todas, todas, todas las tías que salen por la tele estén buenísimas y se nos recuerde a cada paso, como si no fuera evidente.

Destaca la nueva chica Caiga Quien Caiga, Estíbaliz Gabilondo, que imita en trazas a la mencionada Silverman; además, no es humorista en sí, sino que le ha sido adjudicado el papel de escucha y resuelve injusticias. También muy de la mujer de aquí. Menos escucha y más producción. Menos subordinada y más enunciativa. Menos cacha y más humor, por dios o por la virgen. Mujeres humoristas de la piel de toro y archipiélagos, salid del armario, mostradnos vuestra celulitis, liberaos.


PUBLICADO en Diagonal, nº 87, Octubre 2008.

BUDA EXPLOTÓ POR EMPATÍA

Ayer tuve una pesadilla. Soñé que un muchacho viejuno con mechas y una minicam llevaba a Zapatero a una montaña y lo trataba como a un buda. Desperté y me dije entre babas: “Ich bin berliner”. Y era verdad. El muchacho, llamado Calleja y conocido como “el aventurero oficial” de Cuatro, ocupaba en un auto-primerísimo primer plano en night shot (el occidental por fin ha dado con lo más parecido a la autofelación: la auto foto) donde comentaba sus ‘Correrías de la Montaña’ junto a José Luis Shiddarta Zapatero. El resto es tan insustancial y desubicado como las propias figuras de presentador y presidente, que por compartir, hasta comparten etimología

Tengo miedo y el curso acaba de empezar. No sé si prefiero la alopecia informativa (camuflada burdamente por el accidente del McDonell- Douglas) y los programas plagados de bikinis y objetos hinchables a este marasmo de parrillas recién prendidas en el secarral de pensamiento actual. No estamos solos. Están ellas, las pantallas, dentro de casa, haciéndose fuertes. Y cada vez hay más –pantallas, digo–. ¿Cuánto tardarán en llegar los hologramas que acompañaban como parientes a los personajes de Farenheit? En mi casa tengo, de momento, tres pantallas: la tele, el monitor de la ‘compu’ y la mini de mi móvil. Casi tantas como amigas. Y creo que soy de las que menos tengo de mi bloque. Ayer me contaba Aurelia (ahora se hace llamar Aurelie, estuvo treinta años emigrada en Burdeos), una vieja amiga –de cuando en mi casa no había una sola pantalla, sin contar las de mis lámparas de pie–, el controvertido despido del equivalente a Gabilondo de la televisión pública francesa.

Una cara que llevaba 20 años dando las noticias, con toda la pregnancia emocional que eso supone. Mucha gente quiere más a Ana Blanco que a su propia hermana, esto es así. El señor PPDA (Patrick Poivre d’Arvor), un icónico periodista que no entro a valorar porque no soy Aurelia, y cuya desaparición mediática creó estupores parecidos a la muerte del Papa o Freddy Mercury, fue despedido prácticamente de un día para otro, dejando un agujero en el abotargado equilibrio de la psique de la clase media.

Porque los informativos nos acunan antes de dormir, nos despiertan para ir a trabajar, nos susurran casi, casi, “pásame la sal” en las comidas solitarias, nos tocan a cena con bandeja a las nueve de la noche, nos acompañan, nos recuerdan que pertenecemos a una gran comunidad deglutidora de sucesos donde la obsesión no es comprender –como pretenden los publicistas de El País– sino tener la suficiente práctica para digerir a tiempo antes de que venga la siguiente bocanada de nada. Un día ladrarán enloquecidos o entonarán gorgoritos tiroleses los presentadores de los informativos y nos dará exactamente igual, mientras sigan ahí, acudiendo puntuales a su cita. Su presencia es lo que nos reconforta, no su función.

Y volviendo al inicio, ellos, los presentadores, nos traen de vez en cuando, entre alharacas, a los grandes figurones, a los presidentes, a los vicepresidentes, a las ministras, los llevan ‘a casa’, nos los acercan, los sientan a nuestro lado, en un truco de mágica ubicuidad, llaman a cada puerta e insisten en hacernos creer que son como nosotros. Y nosotros caemos, somos cómplices del tono distendido, pisamos la trampa y aceptamos el trato. Somos parte. Que no juez. Y lo curioso es que los Francinos, las Vizas, los Campo-Vidal, ellos mismos se hacen pequeñitos y se corren por dentro por entrar en constelación con el poder.

Y se les escapa, entonces, la oportunidad de ser críticos, distanciados, siquiera pelín incisivos. Hacer su trabajo, vamos. No. Caen del otro lado, se sientan con nosotros en el sofá y se congratulan de lo humano, lo sencillo y lo cercano que es el presidente, ¿verdad, tú?

Como en gran fake orquestado, el personaje se va de rositas. Y las entrevistas anunciadas con fanfarria no aportan absolutamente nada. Nada. ¿Alguien recuerda algún momento productivo o siquiera incómodo en las últimas apariciones de Zapatero, De la Vega, Solbes? Para ellos ninguno. Para el entrevistador, todos. Su proxemia delata su empatía burlona, como si uno de nos se encontrara a Benicio del Toro comprando en un puesto del mercado y se acercara trastabillante a decirle: “Benicio, chiquillo, ¿y ese nombre tan raro, de dónde se lo sacaron tus padres?”. Fuera del discurso institucional, todo queda en el ámbito de lo familiar, lo nimio, lo simpático, lo divertido, lo personal.

El momento más destacado de lo que se supone que iba a ser un calvario para ZP en el circo romano de Antena 3 la pasada primavera, fue el momento en que Julia Otero le preguntó al presidente por la uña negra de su dedo corazón. Él confesó arrobado cómo se había pillado torpemente con una señora ventana de su pisito de La Moncloa y se fue del estudio por su puente de plata, en vez de como un San Sebastián. Y todo por una uña negra. Ahí está la noticia, el guiño se ha apropiado de la crítica. La anécdota de la crónica. El falso sentido del humor del tono. El detalle del discurso. Nosotros, mientras, sin darnos cuenta, sonreímos, mudos y solos en el salón de nuestra VPO, con suerte.

Das sofa macht frei. El sofá nos hará libres.


PUBLICADO en Diagonal, nº85, Septiembre 08.