lunes, marzo 30

ANESTESIA GENERAL Y A CORAZÓN ABIERTO

Hace unas semanas asistimos a la creación de un nuevo género televisivo, mezcla de ciencia ficción y vidas de santos: la miniserie del 23-F, en la que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
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MEMORIA HISTÉRICA. La serie del 23-F convierte el pasado en una especie de Disneylandia de la historia.

Martes, diez de la noche. Medio país frente al hogar, mirando con cara de consumidor deseante pero en crisis –doblemente carente– la tralla de anuncios que lavan su cerebro de primate avanzado. La función va a empezar. TVE 1 nos ha convocado a conjurar demonios y no seremos nosotros los que faltemos a la cita con La Primera, la Uno, la nuestra, la de toda la vida, hostia. Es como si el aparato del cuarto poder –y del cuarto de estar– dirigiera una dinámica de grupo retransmitida por satélite donde un gran capitán con forma de falo, ese Pirulí de moda, nos convocara con sus ondas a movernos en corro y al unísono mientras dice con voz de animador de hotel de Mallorca: “Hoy le vamos a lavar la cara a… ¡¡¡el 23-F!!!”. Y nosotros contestamos a coro “Bieeeeen…”.

Un nuevo género ha comenzado: la historia ficción, en este caso, en su variante golpista. Oh, oh, yeah. El título, robado a Mr. Aute, como supersimbólico: 23-F: La noche más larga. Del rey, se entiende, porque después del año pasado, trufadito de meteduras de pata y cierta sospecha pujante de una parte del pueblo, el paciente a rescatar es sin duda el Borbón. Misión: restaurarle el nimbo de los intocables. La intervención comienza, la disección de los hechos queda quetecagas en textura serie de ficción TVE 1, que es igual a los mejores medios técnicos más resultado casposete. Encima la pagamos entre todos con esa parte de la nómina que pone deducciones. La operación Maquillaje va a ser larga y a corazón abierto, porque ya desde primera hora todo está circunscrito al ámbito de lo emotivo, lo pequeño, lo íntimo, como si en vez de un suceso histórico estuviésemos abordando las intrigas psicológicas de unos conspiradores que, sólo tangencial y anecdóticamente, son militares, y además su jefe es el Jefe a su vez de un Estado en pañales.

No hay estructuras que analizar, sólo emociones que subrayar. Shakespeare (perdóname, Will) contra Marx. Y pérdoname Will, porque en tus obras las guerras y las sucesiones tienen mucho más peso dramático que los besos y las lágrimas. Si me quedo en la traición de un par de generales se me olvida todo el contexto. Si me concentro en la constreñida figura de un Juancarlos en la soledad de su gabinete, superado por la inminencia de la traición de un par de Brutos entre sus filas, me escaqueo de tener que analizar en qué situación política se encontraba el prota. ¿Qué no le llegaba la camisa al cuello? Eso está claro.

Pero eso no da para una serie, sea mini o no. Recordemos que su agobio no era porque un par de amigotes de toda la vida –Armada y Milans del Bosch– le hubieran levantado la novia, tal parecía el disgusto del arrobado Juancarlos en la serie, sino porque verdaderamente estaba en juego una sucesión sujeta con alfileres y toda una vida de renuncias y chuparle el culo al caudillo se nos va por el desagüe, Sofía. Pero por dios, ¿cómo no mostrar una sola incoherencia, una sola sombra de duda sobre qué le convenía más, una rendija de posibilidades, alternativas fuera del monolítico pastiche institucional que nos quieren meter a cucharadas? Y ya no apelo a la fidelidad para con la historia, sino a los resortes del interés dramático que cualquier personaje debe tener. Paradojas, contradicciones, debilidades.

En fin, esas cosas de lo de ser humano. No, Juan Carlos es un ciborg, en La Zarzuela le implantaron una placa base en la cabeza –por eso habla así de raro– de la que sólo salen cansinas consignas prodemocracia y Constitución. ¡Anda ya! El caso es mantenernos en la infancia como espectadores, recortarnos el derecho a la inteligencia, a pensar –¡uy!–, a colegir, adivinar, reconstruir. No, nene, aquí las cositas bien planas, sin matices y pa’dentro. Un panegírico a algo supuestamente muerto –el espíritu antidemocrático– es lo más fácil de hacer. Una campaña publicitaria también. El objetivo está clarísimo: vender. Y es mucho más fácil hacer comprar que hacer pensar, eso ya está más que probado.

Pues la audiencia compró la serie, y cómo compró. Máximos índices en TVE desde el partido de nosequién. Un apoyo masivo, los destinatarios de la campaña reaccionaron superfavorablemente ante el logo Corona, la marca JuanCarlos y la sede Zarzuela. En términos de márketing, se llama ‘pregnancia’. Implicación personal del consumidor con la marca. Memoria emotiva frente a memoria histórica. A la historia de nuestra transición de pacotilla le hacía falta urgentemente un trasplante de corazón. O al menos un marcapasos. Y ahí está el diligente equipo de TVE 1 para colocárnoslo. El desplazamiento hacia lo emocional es lo más efectivo que se conoce hasta ahora contra la distancia crítica.

El ángel de la historia de Walter Bejamin más que terrible, se está convirtiendo en risible y en vez de de tener un pie en el futuro mientras mira hacia atrás, pasa de puntillas por el pasado mientras se proyecta incesante hacia un futuro donde el Progreso, la Democracia y la Entrañable Monarquía reinarán en una especie de Disneyland de la historiografía reciente. En la puerta, un cartel dirá: “MUSEO DE LA MEMORIA HISTÉRICA. Rogamos apaguen sus conciencias y suban el volumen de sus clínex”. O algo así. Hasta la próxima, amigos.

PUBLICADO en Diagonal, nº97, MARZO 2009.

¡¡A LA CAZA DE LA MOZA!!

Cuando pensábamos que ya lo habíamos visto todo, llegó ‘Granjero busca esposa’ y nos demostró que la tele puede ser mucho peor de lo que creíamos.
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TRATA DE MOZAS. Este programa educativo trata de encontrar unas esposas complacientes a la par que ‘zenzuales’ a tres granjeros / Gordon Dionne

Una ya no quiere encender la tele. Ya no quiere tener tele. En 2008, las estadísticas indicaron una tendencia creciente al empleo mayor de tiempo navegando por internet que viendo la tele, especialmente en la población joven. Es oficial: la tele tiene una enfermedad mortal y sólo nos queda asistir a su decadencia y fin. Los grandes grupos económicos se encargarán de cablear al enfermo y alargar artificialmente su ya deteriorada vida. Pero criticar cansa, es un deporte con trampa. Quita energía para pensar y construir. Aunque eso, como lo del cáncer que padece la tele, es otra historia. Esta semana, como les prometí, vengo a hablarles de uno de los últimos tumores malignos detectados. Digamos que si el cáncer se basa en un exceso de vida o en un mal funcionamiento de la muerte, cuando uno ve Granjero busca Esposa (Cuatro), lo primero que detecta es que algo no va bien en ese organismo llamado programación. Elenco del espacio: un buen mozo de Lleida, un garrulo del Levante, un vasco como más fisno y una presentadora con prognatismo. El medio, el rural. Y lo rural en este país da mucho juego. España, ya lo dijo nosequién, son sus pueblos. Y el rey del pueblo es el gañán, el cortijero, ese muchacho casadero y talludo que vive con sus padres y que se ha hecho cargo de la explotación familiar agrícola, vinícola o frutícola –parecen extraterrestres, y lo pueden llegar a ser–. Ese gañán necesita una moza que le de calor en las noches gélidas y le quite del porno, le dé un servicio doméstico para independizarse de la madre y, por descontado, le de una descendencia para seguir explotando el campo. Muchos de esos muchachos son peritos agrícolas, no se vaya usted a creer, pero el polvillo de la dehesa cuesta más quitárselo de encima que a Antonio Ferrandis hacer olvidar al vulgo el sambenito de Chanquete –que no lo consiguió, vamos–.

Y como la mecánica de estos realities se basa en el enfrentamiento, de seres y de conceptos, las zagalas vienen de la urbe, para que el gañán se estrese o se crezca en sus pagos frente a los tacones de aguja y el outfit bajo de caderas de las leonas de la city. A cada gañán se le asignan dos mozas, a las que da cobijo reproduciendo en versión aldeana el mito del harén de toda la vida. Las chavalas hacen como que se llevan bien, pero en sus confesionarios improvisados en establos y cochiqueras se ponen a parir entre ellas. El mozo encantado, ya tiene para despachar con la cuadrilla mientras se toma los chatos en la taberna.

Como dijo Luisa Muraro, ideóloga del feminismo de la diferencia: “No creas tener derechos”. Te tocará pasar por el examen de la madre, que escanea tu cuerpo, juzga tu modo de vestir, te presupone putón, y te sale con: “Esta viene a heredar la plantación, pues no la habré calado yo a esta yegua”. Te tocará aprobar en las pruebas donde se analizará tu adecuación a los mandatos de género. ¿Estás buena? ¿Eres buena? ¿Eres un bombo en potencia, porque aquí hace falta mano de obra? ¿Estás dispuesta a complacer al hombre y a competir con otra para no quedarte con lo del arroz ya no pasao, sino repegao?

Estos niños grandes, mimados por el medio rural y cebados a pucheros de la mamá cuentan con la ayuda de la antes mencionada presentadora –de nombre Luján (???)– cuya función dramática está a caballo entre la marquesa de Los Santos Inocentes de Delibes/Camus y una madama de una whiskeria de carretera. Baja de un 4x4, maqueadísima y falsa –una viva imagen del anticristo–, actúa como confidente del galán indeciso, que está más pinocho que otra cosa, pero tiene que hacer como que tiene un dilema; o Mariluz, la chica honesta y separada de Vitoria, con dos hijos ya la jodía y un pasado o Tatiana, la angelical eslava con la que apenas puedo cruzar dos palabras pero que rezuma zenzualidá (sic). Qué enjundia, qué densidad, qué riqueza, qué sentido común.

El concurso consiste en esclarecer en los diez días subsiguientes a la presentación quién de las dos chavalas estará más presente en los sueños húmedos o castos del gañán, cuantas peleas en el barro pueden llegar a protagonizar las talluditas o inmigrantes contrincantes –necesitadas de hombre adjunto, por requerimientos sociales, en ambos casos–, o quién cae redonda al suelo durante la fiesta de la matanza. Del garfio de la matanza colgaba yo a los directivos de Cuatro. Esto es muy triste, insultante, inaudito. Tener que ver a un gañán en esquijama forzando un sándwich con dos autoestimas desesperadas de la capital me parece muy deprimente. Por favor. Como el asustadizo Shagghy en la casa del terror chillaría gustosa: “Bibiana Aidooooouuuu, Where are youuuuuu?”. En fin, seguiremos de cerca este poco halagüeño diagnóstico: Trata de Mozas. Metástasis en el prime time de los lunes. Lo dice la doctora.


PUBLICADO en Diagonal, nº 95, FEBRERO 2009.

sábado, marzo 28

EL AÑO QUE SUFRIMOS SUBTERRÁNEAMENTE

Hay ahora mismo reinando la parrilla un programa que me encanta, de verdad. Me hace pasar unos ratos fenomenales y el presentador es un crack. Es un hombre pequeño, la mar de salao, con una barbucha pelirroja como de haberse quemado tras lustros de after shave y una estatura que hasta en la tele se ve que es escasa. Es un tío guay. Un tío que se lo ha currado. Se llama Pablo y se apellida Motos. Viene de la radio y es cantidad de gracioso el nota. Le duele la boca de decir que tiene un equipazo aunque todo el programa pivota en torno a él, un líder, un hombre como sietemesino pero que tiene ese don incontrolable de caer simpático a las masas y de saber esconder su infinidad de complejos tras una pátina de pretendida autoparodia.

¿Se me ha visto ya el plumero? Si, como dijo el gran Jordi Costa, el siglo XXI es el siglo XX contado para niños, El Hormiguero, este programa tan flipante y original del que hoy disertamos, es un programa infantil, pero de esto sólo se dan cuenta los niños, a los que, con toda razón y derecho, encanta. El programa reina desde hace unos meses casi sin competencia lo que se conoce como franja pre-prime time.

Esto es: el ratico de justo antes de sentarse con el bocata de tortilla francesa con atún bien chorreante delante de la tele. Técnicamente va –la franja horaria, no tu bocata– de las 20h hasta el inicio de los espacios estelares de las 22 horas. Comenzó como una posibilidad de arañar puntos de share y engatusar a la gente hacia el sofá y se ha convertido en uno de los bombones de programadores, directivos y presentadores. En esta franja –me encanta decir franja: franjafranja, queda como muy riguroso– compiten hoy por hoy el susodicho Hormiguero (Cuatro), El Intermedio (Sexta) y Camera Café (Tele5). Antena 3 y TVE1, que parece que no acaban de pillarlo, a por uvas.

Al turrón: El Hormiguero, programa de entretenimiento (antaño variedades): empieza con un monólogo ad hoc modelando la actualidad del día y con Prisa. Continúa recibiendo a un personaje famoso en promoción, mayormente advenedizo, dos condiciones por otro lado no reñidas. Si es chico se pondrá a prueba su hombría con alguna machada de barra de bar, si es chica, cómo no, se ponderará la turgencia de sus senos y/o piernas y su liquidez neuronal antes de entrar en harina. Cosas.

El formato entrevista sufre con la violencia de género –muy común– que le propina el propio Motos y dos mascotas estrangulables recogidas del taller del alumno retrasado de Jim Henson: Trancas y Barrancas. Olé. Todo un hit con merchandising propio del que se reirán, como en un bucle infernal, en un programa futurible similar al Hormiguero un par de colaboradores parecidos a los hoy manipuladores de las marionetasinsectos.

Secciones fijas también son una canción ‘cachonda’ para mandar a los peques de la casa al catre, con melodía robada a unos insensatos Farfare Cioccarlia; un espacio de ciencia en el que un tipo sobradísimo al que le gusta travestirse y que daría él mismo para una columna crítica, pone en peligro a todo un equipo con su delirio de ser ignífugo. Sólo diré que el interfecto se hace llamar Flipy. Silencio. Los nombres hablan a veces por las cosas. Flipy. Perdón. Otras secciones diarias: el Rap, repasa desafinando los high lights del día; Frases Célebres de niños –cursis hasta la arcada y además intuyo que falsas– o el kiosco, en la que, oh, milagro, los que hacen de hormigas salen de debajo de la mesa y hablan sobre revistas raras, regalándonos por lo tanto unos bellos momentos sin las vocecitas de sus laboriosos alter egos.

La cabeza visible de este circo más que nada insustancial es Pablo Motos, un personaje sorprendentemente en alza, de esos que está deseando que lo entreviste ya Jesús Quintero para asegurar con voz grave: “Mi secreto es la suma del trabajo de mi equipo. Mi gran número de colaboradores son, quiero pensar, por este orden, buenas personas y gente con talento”. O algo así. Y dale con lo de ser ante todo buenas personas. A un portero de finca o a un panadero nadie le pide que sea buena persona, se le presupone, mientras que los personajes públicos parece que tuvieran que aclararlo continuamente.

El menda, perdón, su equipo, se llevó en 2008 el Ondas televisivo al Mejor Programa de Entretenimiento por, sic, la innovación y la osadía del formato, y por su reinvención de la televisión familiar. Lo mejor es lo de la osadía y lo peor el bochornoso número musical que preparó el equipazo Motos y que confirmó que pese al protagonismo de las cancioncillas en su programa, cantar, lo que es cantar, pues no se les da. Lo mejor de El Hormiguero es que da bastante juego a Ángel Martín en su sección del Sé lo que hicisteis y además, como el programa es de Cuatro, puede pinchar íntegras las secuencias en las que Motos trata de cruzar la barrera del sonido mientras le arde el mono de amianto y le sale mal. Aunque el ego de Motos yo calculo que podría cruzar él solito todas las barreras habidas y por haber.

Así que, ya sabéis, familia –cristiana o progre–, si queréis entretenimiento sexista y chorra de altura, dejad la Cuatro después de Gabilondo: encontraréis un tío “quetecagas” de majo que os estragará la exigua cenita a la que seguro os enfrentáis. Ánimo, chicos. Si sobreviven para mi próxima entrega, les hablo el próximo día de Granjero Busca Esposa, también, joder, en Cuatro. Los Polánquez están que se salen...

3x4=15

Yo no me quiero pasar de lista, que es el principal peligro de cualquier persona que se pretenda mantener al margen “pa criticá”, ni tampoco quiero ser aguafiestas, sobre todo porque en estos últimos tiempos la cosa del ceño fruncido como que no mola y encima te salen líneas de expresión. Yo no, pero mi amiga Curra –siempre dirán que hablo de mis amigas, pero es que son mi Cámara de las comunes particular (cámara baja, bajuna, a veces, sí), bueno, mi amiga Curra, campeona de patchwork en pista cubierta, ya lo dijo hace tres años, cuando la botadura del barco: “Esta cadena es demasiado pija para mí".Y es que la palabra no da lugar a equívoco: pijo. Miro el María Moliner, esa sí que era una señora. Y me dice: “Dicho de una persona: Que en su vestuario, modales, lenguaje, etc., manifiesta gustos propios de una clase social acomodada”. Eureka, ahí está la clave. Clase social acomodada. Una cadena para gente sin “esos problemas de la clase trabajadora, a la que le huele el alerón después de las ocho horas –con suerte– de curro”. A nosotros no. Nosotros olemos a Sanex, nuestros presentadores llevan zapatillas Tiger detrás del mostrador y tratamos a los clientes, digo a los televidentes, de tú a tú. Y a los reyes, si se tercia (me niego a ponerlo en mayúsculas, perdóname María).

Porque Leticia, con zeta, si hubiera existido Cuatro antes de ser princess –no la plancha–, hubiera sido mascarón de proa de Cuatro; no en vano empezó en CNN+. Para los trabajadores de Cuatro, por no decir, para los socios del partido, tal es su orgullo corporativo, no hay problema suficientemente jodido como para sacarles de ese acomodo amniótico y arrancarles la sonrisa de suficiencia. Parecen decirnos: “¡Hey, chicos, venid al Coney Island de la programación –o sea, entretenimiento puro y duro que ni Ramón García en el Grand Prix–, pero para gente ‘especial’, ¡esa gente que huele a lo que huele la gente que no huele a nada! ¿Ein? Doctora, al turrón, que me paso de circunloquio y mi Lola me echa la bronca –ya os hablaré de mi Lola otro día.

A ver: que Cuatro –la cadena, no el instrumento– acaba de cumplir tres añitos. Sus emisiones regulares comenzaron el 7 de noviembre de 2005 por reconversión de la concesión del canal analógico nacional por el que emitió, desde 1990, el canal de pago del grupo Canal+ (uf... Esto lo he copiado así del tirón de la Wikipedia, que me han dicho que se puede, y como son datos y yo lo que hago es interpretar...), y este 2008 se han apuntado dos tantos que resumen todo su espíritu competitivo, joven y rojo, pero del nuevo rojo, el glamuroso: “La Eurocopa y Fama fueron los grandes aciertos de la nuestra pasada temporada”.

Lo dice el mismo negro que escribe en nombre del jefe de programación en la misma web, más adelante: “Nuestro objetivo es que en Cuatro encuentres una televisión positiva, interesante y creíble, en la que tengan cabida tanto la información de calidad como el entretenimiento y la diversión. Cuatro nació con la voluntad de ser una televisión joven, muy actual y cómplice con la sociedad de su tiempo”.

Y tan cómplice. Sogecable o Josecable, como dice mi amiga Paca con todo su acento ceceante del Puerto de Santamaría, es un grupo empresarial de expansión tan floreciente como para entrar y salir del Ibex 35 estratégicamente y con desparpajo. Bueno, pues la gentecilla de JoseCable se apunta en estos tres años los dudosos tantos de desenterrar perlas como Humor amarillo –pero sin Kitano–, Pressing Catch o transmutar a Gabilondo de dios de las mañanas a extraño visitante de las cenas de sushi o burritos vegetales de los televidentes de Cuatro. ¿A quién le importa la voluntad crítica trasnochada de Iñaki?

“Queremos vibrar con la cámara al hombro de Callejeros, disfrutar con la poética de la barriada marginal antes de empezar la final de Xbox 360 con la gente del estudio. Mola saber que aún hay gente auténtica y ‘pobre’ (¡uy!) y que nuestras cámaras están ahí para recogerlo y darles voz; además nuestros reporteros son supereducados: llaman guapo o guapa al kinki más kinki de toda la Rosilla, ¿no?”. Ideas frescas. Ante la salud de la economía y de los movimientos sociales patrios, estable dentro de la gravedad, Cuatro se inventa un programa de coaching donde un experto –Cuatro está lleno de expertos de 35 años– te ayuda a ahorrar. Márketing obliga: te damos lo mismo que las demás pero con la pátina de limpieza del ganador. Y ante todo, buenrollo amiguitos, la España Negra pasó. Aquí está la España Blanca. Y con un toquecito de Rojo. Como si fuera curry (ellos dicen “caaarrri”). Practican “eso”.


PUBLICADO en Diagonal, nº 89, Noviembre 2008.

AL PASAR LA BARCA

Me dijo el barquero: las niñas bonitas presentan programas. (¿O dijo pogramas?). El caso es que yo le contesté: Yo no soy presentadora ni lo quiero ser, yo quiero ser humorista como una mujer. Entonces, enseguida el barquero se me puso hablar de sentadillas y de cremas anticelulíticas. Porque en un silogismo catódico diríamos: “Patricia Conde es humorista, todas las tías que salen en la tele quieren ser graciosas, luego todas las tías que salen por la tele son Patricia Conde y, por lo tanto, están buenísimas”. Y si en algo parece haber quórum en estos días fuera y dentro de la pantalla es: una tía buena merece, cuando menos, ser mirada y, de paso, escuchada. Las feas comenzarán sus speeches mofándose de su fisonomía para justificar su presencia delante del teleprompter y su inaudita ausencia de piernas kilométricas.

Y todo esto empezó con un táper de croquetas. A ver, todos los lunes nos juntamos las amigas a reflexionar y a compartir nuestros respectivos alijos de anfetaminas y tranquimazines. Y al rato pues nos entra una flojera que alguna tiene que convidar a viandas reconstituyentes. Así fue como mi Lola se sacó generosamente un táper de croquetas que tenía guardadas para su José Luis, que está en 4º de derecho con 38 años. En fin, al lío, que a alguien le dio por comentar la retirada del anuncio de las Letras del Tesoro por parte del Ministerio de Igualdad –al que bien podríamos ya llamar el Ministerio del Circo y los Enanos. Y después de ponderar el caso concluimos que si esa chiquilla –léase la ministra ad hominem– no enciende la tele o la radio un mísero día al año. Porque hay que ver la minucia que ha ido a señalar, que bien quitada está, yo no digo que no, pero es como si vas a Iraq y le dices a Bush que vaya cómo tienen a las mascotas sin su pienso para gourmets. ¡Hombre, por dios! Y de ahí se sigue mi reflexión primera: ¿Acaso no es el sexismo más endémico a la televisión y la publicidad que las 625 líneas de su formato?

Porque digo yo, si por poner un ejemplo, la niña de Rajoy se parara un día cualquiera delante de la tele vería toda su vida pasar delante de ella así como esos que medio se mueren. Vería todos los arquetipos a los que está destinada, pero sobre todo detectaría que con un buen blanqueamiento dental, unas prótesis bien injertadas y un tío al lado siendo convenientemente paternalista y llevándose la chicha de todos los guiones –vease Ángel Martín (Sé lo que hicisteis)–, se llega bien lejos en esto de los media entertainment. Siguiendo el método científico observamos que todas las mujeres televisivas con pretensiones humorísticas ostentan carne muchachil, sonríen a saco, se dejan dirigir y cuidan a su compañero de guión, mesa o plató. En fin, todas las estrategias que te ayudarán en la vida moderna, niña bonita.

Las donnas de la tele juegan siempre –si no juegan, en El Hormiguero (Cuatro) y Muchachada Nui! (La 2) directamente no existen– un papel subordinado al conductor o director supermacho o superlisto –y esto en el caso más afortunado del humor patrio. En el lado más desafortunado, pero no por ello menos ilustrativo, destacan los profundísimos roles femeninos de Pluton BRB Nero (La 2) –la tía buenorra y encima cyborg y/o la maruja que persigue al capitán de la nave. Joder, si eso es el futuro, me quedo en los ‘80, donde al menos ponían La Bola de Cristal.

Los de la Common Wealth, siempre avezados en estas cosas de la cultura, despuntaron años, pero años ha, con Te quiero, Lucy (ABC) o el Show de Carol Burnett (CBS) y más recientemente en el circuito off comedy americano Sarah Silverman (impagable su hit I’m fucking Matt Damon, búsquelo en YouTube) o Kathy Brand, autoapodada ‘Culo- Gordo’, cuyo show triunfa en la pérfida Albión (aquí en Digital+), en el que se come con papas ella solita un espacio entero y unas parodias al estilo Testimonios de los Muchachada, pero, por fin, escritas, dirigidas e interpretadas por una mujer que se ríe de las propias mujeres. Autonomía humorística; y encima está gorda. Impagable.

Como por aquí somos tan copiotas con eso de los formatos y los iconos, pronto aparecerá un remedo latino, aunque me temo que para que surja alguien con una libertad creativa de ese tamaño tendríamos que pasar lustros imitando a la BBC –cosa improbable– y olvidar la insidiosa obsesión de que todas, todas, todas las tías que salen por la tele estén buenísimas y se nos recuerde a cada paso, como si no fuera evidente.

Destaca la nueva chica Caiga Quien Caiga, Estíbaliz Gabilondo, que imita en trazas a la mencionada Silverman; además, no es humorista en sí, sino que le ha sido adjudicado el papel de escucha y resuelve injusticias. También muy de la mujer de aquí. Menos escucha y más producción. Menos subordinada y más enunciativa. Menos cacha y más humor, por dios o por la virgen. Mujeres humoristas de la piel de toro y archipiélagos, salid del armario, mostradnos vuestra celulitis, liberaos.


PUBLICADO en Diagonal, nº 87, Octubre 2008.

BUDA EXPLOTÓ POR EMPATÍA

Ayer tuve una pesadilla. Soñé que un muchacho viejuno con mechas y una minicam llevaba a Zapatero a una montaña y lo trataba como a un buda. Desperté y me dije entre babas: “Ich bin berliner”. Y era verdad. El muchacho, llamado Calleja y conocido como “el aventurero oficial” de Cuatro, ocupaba en un auto-primerísimo primer plano en night shot (el occidental por fin ha dado con lo más parecido a la autofelación: la auto foto) donde comentaba sus ‘Correrías de la Montaña’ junto a José Luis Shiddarta Zapatero. El resto es tan insustancial y desubicado como las propias figuras de presentador y presidente, que por compartir, hasta comparten etimología

Tengo miedo y el curso acaba de empezar. No sé si prefiero la alopecia informativa (camuflada burdamente por el accidente del McDonell- Douglas) y los programas plagados de bikinis y objetos hinchables a este marasmo de parrillas recién prendidas en el secarral de pensamiento actual. No estamos solos. Están ellas, las pantallas, dentro de casa, haciéndose fuertes. Y cada vez hay más –pantallas, digo–. ¿Cuánto tardarán en llegar los hologramas que acompañaban como parientes a los personajes de Farenheit? En mi casa tengo, de momento, tres pantallas: la tele, el monitor de la ‘compu’ y la mini de mi móvil. Casi tantas como amigas. Y creo que soy de las que menos tengo de mi bloque. Ayer me contaba Aurelia (ahora se hace llamar Aurelie, estuvo treinta años emigrada en Burdeos), una vieja amiga –de cuando en mi casa no había una sola pantalla, sin contar las de mis lámparas de pie–, el controvertido despido del equivalente a Gabilondo de la televisión pública francesa.

Una cara que llevaba 20 años dando las noticias, con toda la pregnancia emocional que eso supone. Mucha gente quiere más a Ana Blanco que a su propia hermana, esto es así. El señor PPDA (Patrick Poivre d’Arvor), un icónico periodista que no entro a valorar porque no soy Aurelia, y cuya desaparición mediática creó estupores parecidos a la muerte del Papa o Freddy Mercury, fue despedido prácticamente de un día para otro, dejando un agujero en el abotargado equilibrio de la psique de la clase media.

Porque los informativos nos acunan antes de dormir, nos despiertan para ir a trabajar, nos susurran casi, casi, “pásame la sal” en las comidas solitarias, nos tocan a cena con bandeja a las nueve de la noche, nos acompañan, nos recuerdan que pertenecemos a una gran comunidad deglutidora de sucesos donde la obsesión no es comprender –como pretenden los publicistas de El País– sino tener la suficiente práctica para digerir a tiempo antes de que venga la siguiente bocanada de nada. Un día ladrarán enloquecidos o entonarán gorgoritos tiroleses los presentadores de los informativos y nos dará exactamente igual, mientras sigan ahí, acudiendo puntuales a su cita. Su presencia es lo que nos reconforta, no su función.

Y volviendo al inicio, ellos, los presentadores, nos traen de vez en cuando, entre alharacas, a los grandes figurones, a los presidentes, a los vicepresidentes, a las ministras, los llevan ‘a casa’, nos los acercan, los sientan a nuestro lado, en un truco de mágica ubicuidad, llaman a cada puerta e insisten en hacernos creer que son como nosotros. Y nosotros caemos, somos cómplices del tono distendido, pisamos la trampa y aceptamos el trato. Somos parte. Que no juez. Y lo curioso es que los Francinos, las Vizas, los Campo-Vidal, ellos mismos se hacen pequeñitos y se corren por dentro por entrar en constelación con el poder.

Y se les escapa, entonces, la oportunidad de ser críticos, distanciados, siquiera pelín incisivos. Hacer su trabajo, vamos. No. Caen del otro lado, se sientan con nosotros en el sofá y se congratulan de lo humano, lo sencillo y lo cercano que es el presidente, ¿verdad, tú?

Como en gran fake orquestado, el personaje se va de rositas. Y las entrevistas anunciadas con fanfarria no aportan absolutamente nada. Nada. ¿Alguien recuerda algún momento productivo o siquiera incómodo en las últimas apariciones de Zapatero, De la Vega, Solbes? Para ellos ninguno. Para el entrevistador, todos. Su proxemia delata su empatía burlona, como si uno de nos se encontrara a Benicio del Toro comprando en un puesto del mercado y se acercara trastabillante a decirle: “Benicio, chiquillo, ¿y ese nombre tan raro, de dónde se lo sacaron tus padres?”. Fuera del discurso institucional, todo queda en el ámbito de lo familiar, lo nimio, lo simpático, lo divertido, lo personal.

El momento más destacado de lo que se supone que iba a ser un calvario para ZP en el circo romano de Antena 3 la pasada primavera, fue el momento en que Julia Otero le preguntó al presidente por la uña negra de su dedo corazón. Él confesó arrobado cómo se había pillado torpemente con una señora ventana de su pisito de La Moncloa y se fue del estudio por su puente de plata, en vez de como un San Sebastián. Y todo por una uña negra. Ahí está la noticia, el guiño se ha apropiado de la crítica. La anécdota de la crónica. El falso sentido del humor del tono. El detalle del discurso. Nosotros, mientras, sin darnos cuenta, sonreímos, mudos y solos en el salón de nuestra VPO, con suerte.

Das sofa macht frei. El sofá nos hará libres.


PUBLICADO en Diagonal, nº85, Septiembre 08.


RESACA DE COCKTAIL ROJO. MEZCLADO CON MUCHA PRISA.

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ILUSTRACIÓN: MIGUEL BRIEVA

Permítanme que hable hoy en primera persona. Tengo los miembros agarrotados y el lacrimal reseco. Mis provisiones de dopamina, endorfina y hormona del sueño están en dique seco. Atrapada en un síndrome. Por inhibición de IFNE (Incredulidad Forofa Neo Españolista) sufro en mis carnes un aburrimiento mortal, por dios, y una culpa y perplejidad ideológica que ni cuando vi a Urdaci haciendo monólogos o a Gorbachov anunciando bolsos de Luis Putón. Estoy vacía, deshecha, mi vida no tiene sentido y ha subido la luz. Nada me ha importado una mierda desde que Cesc Fábregas marcó el penalti decisivo contra Italia. Eurodependencia, me ha dicho el especialista. Creo que la negación a sancionar el Tratado de Lisboa por parte de Francia y Polonia tiene que ver con su pronta eliminación de la Eurocopa. Porque si aquí haces mañana un referéndum, ese 81% de la audiencia que vio la final no te vota que sí, te vota que por supuesto. Pero más dura será la caída, siempre. Y aquí me hallo, rebañando repeticiones y naufragando en la sucesión fractal de desnoticias derivadas del evento, más abúlica que un gato al sol en una esquina de un pueblo de la Mancha.

Sin rumbo, sin norte, perdidaaaa. Quiero ser mexicana (perdón) y gastarme lo que me queda de pensión en mezcal y mariachis. Necesito volver al espectáculo, como las hordas griegas y romanas que bajaban en masa al anfiteatro, necesito mi dosis de pan y circo, y a mí que no me digan, pero el tempo de la Liga -por no hablar del simulacro falaz de la pretemporada- al lado de esto se queda en una niñería. Un guión perfecto: 90’ de intriga, clímax sucesivos, miedo, catarsis, protagonista-antagonista (por si te cuesta pillar las tramas complejas, además, te los visten de distintos colores) y un resultado, aunque previsible – uno vencerá siempre a costa de la derrota del otro – absolutamente incierto. Tensión e implicación máximas, autobiografía intacta. Para muchos, la única emoción que han vivido en lo que va de año – después de la monumental bronca con la familia política en nochebuena y la noche electoral del 9M –.

Mi vecina Rita, la Semióloga, nos ha desgranado muchos “detalles significativos” en los Partido-Forums que se han montado aquí en el patio aprovechando la fresca, mientras los gañanes de la vecindad iban abrevarse en dyc/casera- cola (ese sí que es un invicto combinado nacional). Nosotras, más de la quinta del antropoide Aragonés, nos identificamos con ese cascarrabias barrigudo que grita por la banda y que lucha contra la lluvia en sus gafas. ¿Qué por qué? Porque comprendemos mejor su oscurantismo hispánico que la garra triunfadora y neopatriótica de la neomuchachada.

El hombre, que se ve que ha chupado posguerra y lo de antes, no se alegró hasta casi el minuto 93 de la final. Vamos, lo que es un latino fatalista de los de toda la vida. Se conoce que por eso mismo ya no le quieren en la Federación, demasiado borde y feo para salir favorecido en El País Semanal – había que ver ese contraste de místeres entre el estiloso hugobossiano- alemán y Luis, ‘Ese Chándal’, Aragonés –.

Volviendo a la Rita, que dice la mujer que esto no es más que un desplazamiento ideológico del imaginario para raptar la plaza de Colón – esa que en manos del aznarismo vivió un intento de envolver la Biblioteca Nacional en una gigante banderola rojigualda de lamé, cual Christo el Reichstag, pero se quedó en sábana tricolor king size para mástil. Colón: Plaza Roja. A la derecha, dios padre o Cibeles merengue; a su siniestra, hermano pobre y colchonero, Neptuno. Sobre la tarima y en un medio imparcial: el buenrrollismo complaciente y forofo de Cuatro. Su misión, recordarnos que no pasa nada, que nuestra bandera mola, que decir soy español mola, que hay que enterrar de una vez el hacha de guerra, por dios, no me seáis, no me seáis. Podían haber, de paso, montado el sarao en la plaza de Oriente y haber acuñado la ÑOÑOESPAÑOLADA, que es como una magia blanca por la cual despojas inocuamente al símbolo de su humor negro y lo reinventas para hacer caja – ¡y además contiene tres eñes! –. Palabras como ‘España’ ‘rey’, ‘arriba’, ‘viva’, ‘español’ o ‘tomar la calle’, que se usan durante todo el año como con sumo miedito, han sido coreadas por la masa en una suerte de carnaval technicolor que da más escalofríos que los cuadros de Solana. Y todo televisado, que es como mejor queda, o mejor dicho, que es el único modo contemporáneo de que ocurra algo real. Hay que ver, la ficción de lo español es que mola mogollón.

EL SHOW DE LAS B(F)EAS

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RUTH NÚÑEZ es la actriz que encarna a Bea en la versión española.

Como en un diabólico simulacro la vida copia a la ficción. La pareja protagonista de la serie Yo Soy Bea (Telecinco) está también liada en eso cada vez más sospechoso que es ‘la vida real’. La serie ‘acabó’ –lo de las comillas se explica más adelante– el domingo 8 de junio en prime time después de dos años en antena y 450 capítulos, con el bodorrio ficcional de ambos. Y las fotos del rodaje fueron fatalmente publicadas tres días antes del último capítulo para horror de los productores, que habían logrado mantener a Ruth Núñez (la actriz supuestamente guapa que encarnaba a Bea), bajo un draconiano contrato, en una especie de semicautiverio del que no me extrañaría que hubiera fingido hasta querer casarse para poder salir a la calle con el pelo suelto y sin gafas. Mientras, en el plató de la productora Grundy, trabajadores al aparato: “Acoso laboral, jornadas que sobrepasan en muchas horas los planes de trabajo, despidos arbitrarios y pésimas condiciones de seguridad e higiene en el trabajo”. Por no hablar de los guionistas, que ni siquiera pertenecen al convenio de técnicos audiovisuales.

Hasta son llamados “lionistas” por los integrantes de los foros de seguidores que cuajan la red. Y es que sobrepasado el año de emisión, ante el rotundo éxito, los dueños decidieron extender artificialmente la vida de la gallina de los huevos de oro, sometiendo a la audiencia a un duro examen de conciencia que les ha ido obligando a elegir entre su permanencia en el colectivo altruista que compone el share o reconocer honestamente que la serie iba a la deriva y que ya, lo de menos, era la ficción. El nicho de mercado se había zampado a la teleserie. Un intercambio incesante de actores y unas subtramas más soporíferas que las intervenciones de Pedro Solbes hacen exasperar al más convencido. Y es que hasta los culebrones tienen su medido tempo.

Aun así, muchísimos espectadores han seguido a Bea hasta el final desafiando en fidelidad a los parroquianos de Hillary Clinton. Y todo para asistir al previsible final del proceso de transformación de Beatriz Pérez Pinzón en Beatriz Pérez Pibón –perdón–. Después de escribir la última página de su blog Feonautas, Bea dejó su piso del extrarradio para irse a un spa-tierra de Oz de la mano del personaje-relevo, Be, un pibón verdadero y sin cerebro, que le mostrará los caminos redentores de la minifalda y el serum reparador de esas pieles castigadas y sin brillo. Porque, dios todopoderoso, la serie no se acaba, cual empresa boyante se deslocaliza y recoloca sus stocks en un delirio mercantil.

Como a un Franco cableado en el quirófano, los productores no han desenchufado el respirador hasta haber encontrado el modo de mantener viva la llamita del producto. La nueva reina, Be, la guapa con problemas de sinapsis, ocupará un trono discutido que sólo la insistencia ciega y la infinita mansedumbre del público podrán mantener en pie. ¡A ver si la serie va a resultar ser un trasunto arriesgado de la Transición española en plan memoria histórica para todos los públicos! Por suerte, el martes 10, para paliar un poco el tostoncísimo verano eurocopista-olímpico que se nos viene encima, Cuatro ha echado el último órdago en el duelo de las Feas: Ugly Betty (ABC), la serie que lo está petando en los Estates. ¿Su secreto? Aparte de la eficacia del cuento del patito feo, pasar las mimbres del primigenio culebrón colombiano Betty La Fea (RCN, aquí pasado por Antena 3) a la cuerda del nuevo producto cultural de gourmets con proyector casero y pack DVD de lujo: la Alta Cultura de la Buena Serie.

Precedida por su éxito y el de América Ferrara, una solvente actriz hondureña, esperamos que esta nueva versión nos haga olvidar el regusto del refrito del engendro al que nos ha sometido Grundy/Telecinco durante dos años –que no es lo mismo que dos temporadas–. Cual Jim Carrey encontrando la puerta de salida del estudio del Show de Truman más allá del mar, imaginamos a Ruth Núñez saliendo en zapatillas de estar en casa camino al próximo casting, mientras alguien susurra a su paso: “Mira: por ahí va la Fea”.


PUBLICADO en Diagonal, nº 80, Junio 2008.

ATASCABURRAS Y CHA-CHA-CHA

Se conoce que tiene obsesión la Muchachada por nuestra autóctona letra che.

Me hago cargo. Todas las palabras que contienen che proporcionan ese qué se yo entre placer y pudor tan del gusto de los cañí a la par que sofisticados creadores de, primero, La Hora Chanante (Paramount) y su versión generalista Muchachada Nui (La 2), después. ¿Y a quién no le hubiera gustado protagonizar la historia cafre-creativa de esta bella self-made ‘aventura televisiva’? A mí me hubiera encantado. En los albores del neo-háztelo-tú-mismo de los hippies del software libre, Reyes, Cimas, López, Areces –nada que ver con el magnate visionario creador del Corte Inglés y terrorista urbanístico, Ramón Areces– y Sevilla entraron sigilosamente en el nicho de mercado de la era del post-espectador con su fantasía barroca para Flash y Final-Cut. Sketchs, animaciones, grafismo y musiquitas, todo cocinado y servido por cuenta de la casa. Y lo petaron. Lo más fiel en espíritu al tan traído y llevado ‘omni-referente’ Monty Phyton en sus sótanos de la BBC allá por 1974. En el otoño del 2007, más gorditos y con más petrodólares para caracterización y exteriores, dan un discutible ‘salto’ a la pública, La 2, esa pujante cadena que ha puesto a todos sus cool hunters a detectar nuevos formatos, entrando al trapo en la dinámica imperante de la industria cultural del siglo nuevo, donde todo se va polarizando hacia el Consumible o el Periférico (en plan Apocalípticos e Integrados, pero más tipo planta de informática). Después de colar a capón esta bella teoría vuelvo al fenómeno Chanante (¡chanante!), tan postmoderno en sí mismo como lo es el posthumorismo (término acuñado por Jordi Costa) que ellos practican. Como ya habrá multitud de chavales que en un futuro no muy lejano consagren sus tesinas al final de sus inverosímiles carreras trazadas por el Plan de Bolonia a desmenuzar la comparativa la Hora Chanante-Muchachada Nui, no me voy a extender en la biografía del programa por muchos sabida (si no, la tienen prolijamente detallada en la wikipedia). Lo que resulta más novedoso de la troupe chanante es su absoluta falta de pretensión, incluso a la hora de hacer gracia. Humor lacio incomprendido por muchos. Parece ser que este anti-valor, la pretenciosidad y sus practicantes, son carne de cañón predilecta de gran parte de sus mofas –véanse Testimonios o Celebrities–.
Pasar por la pátina manchega el ego de juguetes rotos, creadores sobrados y figuras bizarras ha sido uno de los hallazgos humorísticos más jugosos e imitados desde las parodias de Martes y Trece. Como en una suerte de Anti-Imitación, exportar términos y flujo de conciencia albaceteños a situaciones modernas, también retro –véase Mundo Viejuno–, se ha convertido en marchamo –ay, mama, ¡qué no les gustaría esta palabra!– de los Chanantes.
A mi compañera de mesa camilla y vecina Aurora, que es representante del bando de los que se ‘quedan igual’ con Bocaseca Man, Pasayo Financiero o Enjuto Mojamuto, la obligo yo a tragarse todos los miércoles la sesión de Muchachada –más que nada porque la pantallita de la You- Tube está acabando con mis bifocales– por mor de adentrarla en este humor extraño y tan de reirse ‘por dentro’. Ella dice que prefiere reírse por fuera con Los Cruz y Raya (dios televisivo los tenga en su gloria). Santo dios. Yo pienso que crear estupor también es un arte y no saber a veces si te tienes que reír o no, pues, oiga, me parece un mérito mediático muy de agradecer.
Así que levanto mi chupito de cazalla por Reyes & Friends y me perdonáis pero lo del tema de la difusión vía YouTube que La 2 considera enemiga de su audiencia lo analizo otro día que a las cuatro me viene el callista y además todavía tengo que ver Amar en tiempos comatosos con la Aurora. ¡Lo que hace una por amistad! Ya saben, si ahora les hace más gracia su abuela, si recupera para sí el vocabulario y los dichos de ‘los mayores’ de su pueblo y si se emplea en su hogar con soltura términos como tunante, asobinao, gambitero o a cascoporro, está usted en la estela del movimiento chanante. ¡Y que dure, si es para bien! Y la Aurora, ¡que se siga quedando con el culo torcío mientras otros gozamos!

PUBLICADO EN DIAGONAL, Nº 78, Mayo 2008.

MIGRACION A LA FAMA

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POPULARIDAD. ‘Fama’ está teniendo un gran éxito de público, con los seguidores más insospechados. Pregunten a su alrededor y se sorprenderán / James Good / www.flickr.com

¿Y lo que me recuerdan estos chavalines exhaustos de tanta ‘coreo’ a esos jóvenes que salían de mi pueblo en tren dirección Suiza donde un capataz-amo les guiaba hasta el barracón de turno junto a la fábrica de donde casi no saldrían en los tres meses de emigración? El barracón es ahora una casa cuajadita de cámaras y la fábrica un estudio de televisión con bastante cutre estilismo general. La misma Paula Vázquez parece que ha salido a por el periódico y se ha pasado por el plató, tan desenfadado como es todo. Creo que Paula ha pasado tanto tiempo en bikini que ha perdido la costumbre con eso de vestirse.

Por cierto, Paula, te pido desde aquí que dejes de quitarte costillas. Eso no puede ser bueno. He buscado en mi Collins Inglés-Español los significados de ‘amazing’ y ‘hot’. Lo de Cagada y Super Cagada lo comprendo, pero he sido incapaz de descifrar los términos BUM-BUM, CLACK, y COMO SUPER AHH. Funky tampoco viene en mi Collins, pero intuyo su significado.

Como en todos los realities basados en juicio-expulsión, el jurado de Fama! (Cuatro) ha pasado a ser protagonista y los espectadores a cómplices automáticos de unos jueces absurdos, todo con la impunidad que da la babilla del cabeceo de la siesta. ¿Qué fue de aquella Nina, confidente y supporter a muerte de todas las Rosas y Bustamantes? Ahora OT (antes TVE1, ahora Tele5) me parece una especie de Atenas en pleno siglo V. Abrió la veda Risto Mejide.

Con él comenzó el morbo de la masacre emocional. Y yo barrunto una cosa, ¿si a esos chiquillos no les dieran de comer o les quitaran de dormir –en plan Abu Grhaib– no levantarían la voz hasta sus propias madres, enloquecidas como Medeas? Pues parece que la inanición intelectual no está contemplada como tortura. Lola, jefa de ‘estudios’, borda su papel de dominatrix de la muchachada –aunque canta mucho que va de farol–. Ese simulacro de maldad es contagioso –a salvo queda el ínclito buenrrollista Sergio Alcover, del que sus neuronas raptadas por el cool way of life no le permiten hacerse cargo de su lugar en el mundo desde el pasado mes de enero–. Hasta Víctor Ullate ha resultado poroso a los métodos satánicos de doña Lola Goebbels. Y él no era mal chiquillo, hasta el día que le alisaron el pelo y se pareció al click periodista. Él está ahí, como los demás, amasando los réditos de su futurible futuro, vamos, currando.

15 semanas de programa sin interrupción y sin días de asuntos propios que valgan. Igualito que mis paisanos que exiliaron allá por los ‘40. Si quieres salir de tu anonimato de barriada post-industrial, vente al casting: “ENSÉÑALE A TODA ESPAÑA LO QUE REALMENTE PUEDES LLEGAR A SER”. Lo que no saben es que a este paso lo que deberían hacer es unirse y crear el Sindicato del Concursante, porque, vamos, a cualquier trabajador de a pie al que se le exijan semejantes jornadas extenuantes tarda menos en ir a reclamar al Comité de Empresa que lo que tarda Marbelys Zamora en decir: “Házmelo grande”. Y tan grande. Siempre nos queda Rafa ‘Eficacia Mediática’ Méndez para continuar con el espectáculo de la perplejidad.

Que conste que lo respeto, creo que desde Chiquito de la Calzada y Boris Izaguirre poca gente había calado tanto en el habla del populacho, del que soy una incontestable miembra de las que, además, suben el CHARE del po-gra-ma (cómo se parece a po-gro-mo). Ya por fin, con la repesca de dos antiguos concursantes, han cerrado la agencia de colocación Fama! A partir de ahora, todo expulsiones/ despidos indebidos…

Preparen su remesa de pañuelitos de papel junto al cafelito. La porno-emoción de después de comer no ha hecho más que empezar. Y es que una les coge cariño, por más que le den pena con esa condena que les ha caído de currantes full-time que, además, tienen que modelarse el cabello o lucir ropa de un patrocinador mientras descansan. El consumo, ese otro trabajo para el tiempo libre. Pero es que, como decía aquella: “La fama cuesta y aquí vais a empezar a pagarlo…”.

PUBLICADO EN Diagonal, nº 76, Abril 2008.