sábado, marzo 28

BUDA EXPLOTÓ POR EMPATÍA

Ayer tuve una pesadilla. Soñé que un muchacho viejuno con mechas y una minicam llevaba a Zapatero a una montaña y lo trataba como a un buda. Desperté y me dije entre babas: “Ich bin berliner”. Y era verdad. El muchacho, llamado Calleja y conocido como “el aventurero oficial” de Cuatro, ocupaba en un auto-primerísimo primer plano en night shot (el occidental por fin ha dado con lo más parecido a la autofelación: la auto foto) donde comentaba sus ‘Correrías de la Montaña’ junto a José Luis Shiddarta Zapatero. El resto es tan insustancial y desubicado como las propias figuras de presentador y presidente, que por compartir, hasta comparten etimología

Tengo miedo y el curso acaba de empezar. No sé si prefiero la alopecia informativa (camuflada burdamente por el accidente del McDonell- Douglas) y los programas plagados de bikinis y objetos hinchables a este marasmo de parrillas recién prendidas en el secarral de pensamiento actual. No estamos solos. Están ellas, las pantallas, dentro de casa, haciéndose fuertes. Y cada vez hay más –pantallas, digo–. ¿Cuánto tardarán en llegar los hologramas que acompañaban como parientes a los personajes de Farenheit? En mi casa tengo, de momento, tres pantallas: la tele, el monitor de la ‘compu’ y la mini de mi móvil. Casi tantas como amigas. Y creo que soy de las que menos tengo de mi bloque. Ayer me contaba Aurelia (ahora se hace llamar Aurelie, estuvo treinta años emigrada en Burdeos), una vieja amiga –de cuando en mi casa no había una sola pantalla, sin contar las de mis lámparas de pie–, el controvertido despido del equivalente a Gabilondo de la televisión pública francesa.

Una cara que llevaba 20 años dando las noticias, con toda la pregnancia emocional que eso supone. Mucha gente quiere más a Ana Blanco que a su propia hermana, esto es así. El señor PPDA (Patrick Poivre d’Arvor), un icónico periodista que no entro a valorar porque no soy Aurelia, y cuya desaparición mediática creó estupores parecidos a la muerte del Papa o Freddy Mercury, fue despedido prácticamente de un día para otro, dejando un agujero en el abotargado equilibrio de la psique de la clase media.

Porque los informativos nos acunan antes de dormir, nos despiertan para ir a trabajar, nos susurran casi, casi, “pásame la sal” en las comidas solitarias, nos tocan a cena con bandeja a las nueve de la noche, nos acompañan, nos recuerdan que pertenecemos a una gran comunidad deglutidora de sucesos donde la obsesión no es comprender –como pretenden los publicistas de El País– sino tener la suficiente práctica para digerir a tiempo antes de que venga la siguiente bocanada de nada. Un día ladrarán enloquecidos o entonarán gorgoritos tiroleses los presentadores de los informativos y nos dará exactamente igual, mientras sigan ahí, acudiendo puntuales a su cita. Su presencia es lo que nos reconforta, no su función.

Y volviendo al inicio, ellos, los presentadores, nos traen de vez en cuando, entre alharacas, a los grandes figurones, a los presidentes, a los vicepresidentes, a las ministras, los llevan ‘a casa’, nos los acercan, los sientan a nuestro lado, en un truco de mágica ubicuidad, llaman a cada puerta e insisten en hacernos creer que son como nosotros. Y nosotros caemos, somos cómplices del tono distendido, pisamos la trampa y aceptamos el trato. Somos parte. Que no juez. Y lo curioso es que los Francinos, las Vizas, los Campo-Vidal, ellos mismos se hacen pequeñitos y se corren por dentro por entrar en constelación con el poder.

Y se les escapa, entonces, la oportunidad de ser críticos, distanciados, siquiera pelín incisivos. Hacer su trabajo, vamos. No. Caen del otro lado, se sientan con nosotros en el sofá y se congratulan de lo humano, lo sencillo y lo cercano que es el presidente, ¿verdad, tú?

Como en gran fake orquestado, el personaje se va de rositas. Y las entrevistas anunciadas con fanfarria no aportan absolutamente nada. Nada. ¿Alguien recuerda algún momento productivo o siquiera incómodo en las últimas apariciones de Zapatero, De la Vega, Solbes? Para ellos ninguno. Para el entrevistador, todos. Su proxemia delata su empatía burlona, como si uno de nos se encontrara a Benicio del Toro comprando en un puesto del mercado y se acercara trastabillante a decirle: “Benicio, chiquillo, ¿y ese nombre tan raro, de dónde se lo sacaron tus padres?”. Fuera del discurso institucional, todo queda en el ámbito de lo familiar, lo nimio, lo simpático, lo divertido, lo personal.

El momento más destacado de lo que se supone que iba a ser un calvario para ZP en el circo romano de Antena 3 la pasada primavera, fue el momento en que Julia Otero le preguntó al presidente por la uña negra de su dedo corazón. Él confesó arrobado cómo se había pillado torpemente con una señora ventana de su pisito de La Moncloa y se fue del estudio por su puente de plata, en vez de como un San Sebastián. Y todo por una uña negra. Ahí está la noticia, el guiño se ha apropiado de la crítica. La anécdota de la crónica. El falso sentido del humor del tono. El detalle del discurso. Nosotros, mientras, sin darnos cuenta, sonreímos, mudos y solos en el salón de nuestra VPO, con suerte.

Das sofa macht frei. El sofá nos hará libres.


PUBLICADO en Diagonal, nº85, Septiembre 08.