
- MEMORIA HISTÉRICA. La serie del 23-F convierte el pasado en una especie de Disneylandia de la historia.
Martes, diez de la noche. Medio país frente al hogar, mirando con cara de consumidor deseante pero en crisis –doblemente carente– la tralla de anuncios que lavan su cerebro de primate avanzado. La función va a empezar. TVE 1 nos ha convocado a conjurar demonios y no seremos nosotros los que faltemos a la cita con La Primera, la Uno, la nuestra, la de toda la vida, hostia. Es como si el aparato del cuarto poder –y del cuarto de estar– dirigiera una dinámica de grupo retransmitida por satélite donde un gran capitán con forma de falo, ese Pirulí de moda, nos convocara con sus ondas a movernos en corro y al unísono mientras dice con voz de animador de hotel de Mallorca: “Hoy le vamos a lavar la cara a… ¡¡¡el 23-F!!!”. Y nosotros contestamos a coro “Bieeeeen…”.
Un nuevo género ha comenzado: la historia ficción, en este caso, en su variante golpista. Oh, oh, yeah. El título, robado a Mr. Aute, como supersimbólico: 23-F: La noche más larga. Del rey, se entiende, porque después del año pasado, trufadito de meteduras de pata y cierta sospecha pujante de una parte del pueblo, el paciente a rescatar es sin duda el Borbón. Misión: restaurarle el nimbo de los intocables. La intervención comienza, la disección de los hechos queda quetecagas en textura serie de ficción TVE 1, que es igual a los mejores medios técnicos más resultado casposete. Encima la pagamos entre todos con esa parte de la nómina que pone deducciones. La operación Maquillaje va a ser larga y a corazón abierto, porque ya desde primera hora todo está circunscrito al ámbito de lo emotivo, lo pequeño, lo íntimo, como si en vez de un suceso histórico estuviésemos abordando las intrigas psicológicas de unos conspiradores que, sólo tangencial y anecdóticamente, son militares, y además su jefe es el Jefe a su vez de un Estado en pañales.
No hay estructuras que analizar, sólo emociones que subrayar. Shakespeare (perdóname, Will) contra Marx. Y pérdoname Will, porque en tus obras las guerras y las sucesiones tienen mucho más peso dramático que los besos y las lágrimas. Si me quedo en la traición de un par de generales se me olvida todo el contexto. Si me concentro en la constreñida figura de un Juancarlos en la soledad de su gabinete, superado por la inminencia de la traición de un par de Brutos entre sus filas, me escaqueo de tener que analizar en qué situación política se encontraba el prota. ¿Qué no le llegaba la camisa al cuello? Eso está claro.
Pero eso no da para una serie, sea mini o no. Recordemos que su agobio no era porque un par de amigotes de toda la vida –Armada y Milans del Bosch– le hubieran levantado la novia, tal parecía el disgusto del arrobado Juancarlos en la serie, sino porque verdaderamente estaba en juego una sucesión sujeta con alfileres y toda una vida de renuncias y chuparle el culo al caudillo se nos va por el desagüe, Sofía. Pero por dios, ¿cómo no mostrar una sola incoherencia, una sola sombra de duda sobre qué le convenía más, una rendija de posibilidades, alternativas fuera del monolítico pastiche institucional que nos quieren meter a cucharadas? Y ya no apelo a la fidelidad para con la historia, sino a los resortes del interés dramático que cualquier personaje debe tener. Paradojas, contradicciones, debilidades.
En fin, esas cosas de lo de ser humano. No, Juan Carlos es un ciborg, en La Zarzuela le implantaron una placa base en la cabeza –por eso habla así de raro– de la que sólo salen cansinas consignas prodemocracia y Constitución. ¡Anda ya! El caso es mantenernos en la infancia como espectadores, recortarnos el derecho a la inteligencia, a pensar –¡uy!–, a colegir, adivinar, reconstruir. No, nene, aquí las cositas bien planas, sin matices y pa’dentro. Un panegírico a algo supuestamente muerto –el espíritu antidemocrático– es lo más fácil de hacer. Una campaña publicitaria también. El objetivo está clarísimo: vender. Y es mucho más fácil hacer comprar que hacer pensar, eso ya está más que probado.
Pues la audiencia compró la serie, y cómo compró. Máximos índices en TVE desde el partido de nosequién. Un apoyo masivo, los destinatarios de la campaña reaccionaron superfavorablemente ante el logo Corona, la marca JuanCarlos y la sede Zarzuela. En términos de márketing, se llama ‘pregnancia’. Implicación personal del consumidor con la marca. Memoria emotiva frente a memoria histórica. A la historia de nuestra transición de pacotilla le hacía falta urgentemente un trasplante de corazón. O al menos un marcapasos. Y ahí está el diligente equipo de TVE 1 para colocárnoslo. El desplazamiento hacia lo emocional es lo más efectivo que se conoce hasta ahora contra la distancia crítica.
El ángel de la historia de Walter Bejamin más que terrible, se está convirtiendo en risible y en vez de de tener un pie en el futuro mientras mira hacia atrás, pasa de puntillas por el pasado mientras se proyecta incesante hacia un futuro donde el Progreso, la Democracia y la Entrañable Monarquía reinarán en una especie de Disneyland de la historiografía reciente. En la puerta, un cartel dirá: “MUSEO DE LA MEMORIA HISTÉRICA. Rogamos apaguen sus conciencias y suban el volumen de sus clínex”. O algo así. Hasta la próxima, amigos.
PUBLICADO en Diagonal, nº97, MARZO 2009.
